El punto de no retorno

Nadie está al control de sus propias vidas. No lo están de sus pensamientos, ni sus palabras, ni mucho menos sus acciones. Todos creen que sí y cuando toman una decisión que, a la postre, les perjudica, suelen culpar a cualquier cosa salvo a sí mismos y a las limitaciones que todos detentamos.

Es la ignorancia fundamental de cuáles son los amos a los que verdaderamente servimos, la causa específica que decanta la tergiversada noción de la naturaleza de quienes somos y de lo que verdaderamente codiciamos. Es el deseo de ser, de tener y, en última instancia, de sentir. Y ya en éste mundo que todos, ya sea por omisión, por conveniencia o por connivencia, hemos ayudado a construir, donde se glorifica la satisfacción de todos los deseos, parece que hemos llegado a un punto de no retorno.

A través de los altavoces sociales nos venden la creencia de que podemos emprender cualquier acción que nos beneficie inmediatamente sin pensar en las consecuencias más allá de la ganancia. Esta forma de felicidad espuria no hace más que fomentar la convicción de que somos independientes de todo lo que acontece fuera de nosotros. La realidad es que vivimos en total dependencia. No sólo con uno mismo, si no también de los otros, del planeta e, incluso, de magnitudes cósmicas que, a fecha de hoy, desconocemos.

Hay un punto de conexión entre nosotros, los otros y el universo. Es la idea de lo sagrado. ¿Qué es sagrado? La vida en todas sus formas e identidades y el respeto por su existencia, así como el esfuerzo en su mantenimiento, en la conciencia de su fragilidad y en la necesidad de su tornasolada variedad. También la bondad intrínseca que emana de ésta idea. No la alcanzaremos si no fomentamos alguna idea de comunión con todo lo que nos rodea que nos lleve a un compromiso lúcido y respetuoso con el TODO, y en primera instancia con nuestros hermanos humanos. Y esto pasa por darnos cuenta de la co-dependencia de todo cuanto existe, de su inviolabilidad y su belleza.

“No hay nada mejor repartido que la razón pues todos creen tener la suficiente” Decía Descartes. Mientra el humano siga creyendo que es su misma persona el eje del universo no podemos aspirar a darle un vuelco al Relativismo Moral imperante a no ser que ocurra algún tipo de evento lo suficientemente magno y definitivo como para que se tambalee el paradigma en el que se hayan inmersos.

Y esto sería la única reversión posible a éste punto de no retorno en el que estamos.

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