El efecto Bob Esponja

Y antes paseaba con la cabeza agachada y mirando el suelo, evitando el contacto visual con la gente que pasaba junto a mí. Le temía a los lugares donde era posible coincidir con un conocido, los desconocidos me turbaban cuando posaban sus ojos sobre mi persona.

Y fue así desde mi más tierna infancia hasta casi la edad adulta. Hasta que perdí el miedo a ser analizado y juzgado. Hasta que perdí una parte de mi ingenuidad. Sin embargo, no renuncié a ella. La abracé y se quedó conmigo.

Y, hoy, me paso el día saludando a quien se cruza en mi camino. Ya no importa si me devuelven el saludo o no. Si lo conozco o no. Si me saludó la vez anterior o no.

Y las aceras de mi ciudad son caminos que conducen a la complicidad de una sonrisa, al sosiego de humanizar al desconocido, a la certidumbre de confraternizar con el vecino. Una mano que se agita. Un encuentro en un instante que se pierde para siempre y que eternamente regresa.

Y, hoy en día, salgo a la calle soñando con encontrarme a todos y a cualquiera.

Y me parece una parte más de la belleza de la vida.

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