Después del enamoramiento Pop

A lo largo de la historia han existido diferentes causas para llevar adelante una relación: pecuniarias, de interés vital, por imposición e incluso meramente sexual. La que nos ocupa aquí es la que viene desarrollándose desde los trovadores del medievo hasta el siglo XX: el enamoramiento. Aunque a decir verdad, no es un asunto histórico sino puramente humano.

Cabe decir que ya en textos de la Antigua Roma se hacía hincapié en que, en algunos casos, tenía el viso de una enfermedad. Esto ha sido confirmado en el siglo XXI en una teoría del psicólogo clínico Frank Tallis y le ha dado el nombre de Limerencia.

Por otro lado, a través de los medios de masas con el cine y la música rock y sus derivaciones, se llevaron hasta el paroxismo la difusión de estos tipos de sentimientos en Occidente hasta el punto de convertirlo en un estereotipo de amplio espectro en el inconsciente colectivo. Todos los de mi generación hemos escuchado y visto canción tras canción, película tras película, repetidas cuantas veces hubieren hecho falta hasta taladrar nuestras convicciones e inocularnos dichos sentimientos como una única idea deseable. El mundo ya no necesita otra canción de amor cantaba La Cabra Mecánica y no podían tener más razón.

Yo os pregunto: ¿qué efecto puede tener sobre la población una constante exposición como el único sentimiento válido en una relación considerando que se ha constatado que es una enfermedad? La única respuesta que se me ocurre es la confusión y el vacío.

Confusión en unos y otras sobre como afrontarlo. Sobre lo que significa (y por tanto, cuando es un sentimiento auténtico y cuando no) su duración, mantenimiento y preservación. El vacío cuando suele fracasar o cuando somos engañados únicamente con fines sexuales. Más vacío aún cuando no tenemos en nuestras vidas lo que se pregona como el éxito deseable desde todos los ángulos. Más vacío todavía, si cabe, en el mundo digital del streaptease vital permanente.

Durante mucho tiempo tuvimos a la población actuando imposturas, las cuáles no comprendían y que, con frecuencia, no sentían más allá de la máscara, ya sea consciente o inconscientemente. Retroalimentando así el discurso dominante y haciéndolo visible en el escenario de la vida. Daba igual que fuera una moda causada por un adoctrinamiento, en las mentes de todos era lo “real”.

Sin embargo, el pulso de metralleta de la élite bajó considerablemente en la década de los 90. Ahí se empezó a impulsar el sexo por el sexo. A decir verdad, un estilo “afectivo” que ya venía desde los finales de los 60 en Occidente y que han ido incrementando gradualmente desde entonces. Desde entonces, estas ideas han quedado supeditadas a episodios, un momentum experiencial. Me pregunto si ya ven los adolescentes de hoy el amor como algo utilitario sin más (aunque de todos modos el enamoramiento seguirá existiendo como una experiencia humana también es pertinente preguntarse como lo percibirán dentro de ése utilitarismo). Una idea que, por cierto, ha existido siempre en las relaciones amorosas pero que pinta que será lo próximo con lo que extenuarán a las masas cuando descarten totalmente el romanticismo.

Tras la orgía de extásis y música trance nos han obsequiado con el Regguetón y con esto ya tenemos la última vuelta de tuerca. Hoy en día el imaginario colectivo sobre el amor y las relaciones están basadas en la gratificación instantánea, la desconfianza y la levedad de lo efímero. A nadie le importa nadie y si lo hace rápidamente deja de importar al primer escollo serio. Se valoran las relaciones como una manera de progresar o disfrutar. Poco a poco la persona que tendremos enfrente dejará de importar en tanto sus cualidades como ser humano. El vampirismo como eje central del dar y tomar.

Tras el fracaso de varias relaciones no estoy yo en disposición de dar lecciones sobre como manejarlas. Quizás sí en como afrontar la Limerencia. Me enamoré dos veces en mi vida. No una atracción (por muy fuerte que sea), enamoramiento, repito, Limerencia. Uno de los efectos del exhaustivo adoctrinamiento sobre el único tipo posible de amar que nos han ofrecido, es la confusión sobre qué es amor, qué enamoramiento, qué atracción y ya tras el triunfo del Relativismo Moral nos queda un descreímiento absoluto.

Por si fuera poco, a ésta desconfianza hay que añadirle el adoctrinamiento de la última década a través de lo que se considera información en televisión y prensa (además del entretenimiento audiovisual) con la violencia de género y el activismo LGTBI. Poco falta para que desde los altavoces mediáticos empiecen a considerar la simbiosis edificante en una relación como la próxima enfermedad del “amor”. Seguramente empezarían por hacerlo ver algo pasado de moda, antiguo e incluso zafio.

Es posible que de esa tendencia que imagino surja una contratendencia de valores en lo auténticamente humano. Quizás si los medios masivos fueran transformados en altavoz de la verdad, el sentido común y la bonhomía pudieran los jóvenes ser alimentados de ideas verdaderas sobre el amor. Por ahí, aún con la podredumbre actual se escapan algunos artículos, algunas películas, algunas canciones: posibilidades de un cambio a mejor que influyeran a las nuevas generaciones e incluso que transformaran a las actuales. Un cambio que todos necesitamos incluso como especie.

Después del enamoramiento Pop llegó el triunfo del Relativismo Moral y a la vuelta de la esquina están la soledad, la felicidad fingida y las relaciones flash (las cuales duran un instante tanto en el tiempo como en el recuerdo).

Y de repente, el mundo de mis padres y abuelos me parece un lugar mejor y menos peligroso. Más auténtico y menos artificial. Dónde lo sagrado (como el amor) tenía una verdadera dimensión humana. E identificando lo humano con lo divino y lo sagrado, estableciendo ésa equivalencia moral, y sin embargo, dándole a cada uno su propio espacio mientras establecemos puntos de contacto, podremos empezar a deshacer el entuerto en el que nos han metido y en el que nos hemos dejado meter.

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