Hacerle un simpa a Dios

La mayor Ingeniería Social que se ha producido en la historia reciente de la Humanidad y de la que emanan todas las demás es sin duda la sustitución del amor al Todo por el amor al dinero.

El dinero se ha convertido en el Dios que explica, clasifica y cuantifica todo. A todo le asigna un valor mensurable, no sólo a cosas tangibles e intangibles, si no incluso a las personas, sus ideas, sus acciones; esto es, tanto intrínsicamente como extrínsecamente.

Siempre había habido avaros, no me malinterpreten. Hablo de algo más profundo y es de que como Dios pasó a ser el centro de la sociedad, la filosofía y las personas en el Medievo; al Hombre, a partir del Renacimiento y, hasta hace no demasiado, al dinero-dios como medida de todos las cosas.

Y no le calza mal, precisamente por su carácter cuantificador y clasificador. Quizás por ello, ha sido asumido con tanta naturalidad, incluso en sus consecuencias más nefastas, por tanta y tanta gente.

Y éste cambio de paradigma no hubiere sido posible sin la aparición del Nihilismo a finales del S.XIX que llevó en el S.XX a Auschwitz, Hiroshima o El Gran Salto Adelante de Mao, hasta finalmente la sociedad de consumo y la sociedad actual, donde los seres humanos son considerados en sí mismos productos para el Big Data, e incluso, en sus propias relaciones interpersonales.

Decía Viktor Frankl en su libro Homo Patiens (1950) “lo que se llama Nihilismo, la esencia de este no consiste, como suele creerse, en negar la existencia; en realidad no niega la existencia o, mejor dicho, la existencia de la existencia, sino EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA. El Nihilismo está lejos de afirmar que no existe nada; pretende más bien que la realidad no es más que esto o aquello a la cual es reducida o deducida en su correspondiente concretización”.

Esto es, el Nihilismo vacía la experiencia humana de sentido trascendente que se rellena con los ideologemas con los cuales se trata de dar explicación a los asuntos humanos; incluso a su sustancialidad relevante. Frankl defiende que este proceso acaba en un fisiologismo, un psicologismo y un sociologismo.

Hoy en día y para el futuro, podríamos añadir un cuarto aspecto de reducción de la experiencia y sentido de la vida humana que es el del tecnologismo. Así lo demuestra los intentos de Harari de reducirnos a un mero algoritmo biológico como elemento de un intento de maridaje del ser humano con la biotecnología y los nuevos materiales hacia el hombre cyborg del Transhumanismo y el Dataismo.

Unas tendencias filosóficas y existenciales de consumo que, una vez más, estarán definidas por el Dios-dinero y el dominio de los medios de producción de información y de su transmisión. Quién no tenga libre acceso a ellas quedará marginado de la sociedad.

Esta negación del sentido de la vida es la causa del vacío existencial imperante. Negar, asimismo, la trascendencia de la vida, su importancia en tanto existente, sintiente y pensante es un disparate contra la esencia misma de la realidad. ¿Se puede con el tecnologismo de Harari responder a la pregunta más básica de la filosofía desde los albores de la Humanidad? Esto es: ¿por qué hay algo en lugar de no haber nada?

Cualquier sistema filosófico que desprecie la ontología más básica es tan sólo un marasmo. Una nueva forma de manipulación y control social que no explica nada que sea sustancialmente metafísico. Así es fácil que el sentido de las causas y acciones queden al amparo del tirano o la mentira de turno. Quizás por ello a Harari lo recomiendan criminales como Gates, Schwab u Obama.

El cambio de paradigma del dinero como centro de todas las cosas ha permitido, mediante sucesivas ingenierías sociales, desacralizar a los seres humanos, la vida, la naturaleza y, con ello, los valores eternos que comparten todas las civilizaciones. Al vacío existencial resultante se le intenta denodadamente de llenar de un consumo de experiencias que no funciona pues la esencia básica del ser humano es su deseo de trascendencia; el preguntarse que hay más allá, qué misterio puede resolver, qué significa que haya algo. Todo lo demás, es la pura intrascendencia hecha reclamo publicitario de un Adanismo convertido en una recreación de un mundo novísimo que desprecia todo lo anterior a través del ya citado tecnologismo. Y así, vivimos hastiados, inermes y sin capacidad de reacción.

De hecho, esta necesidad de trascendencia se ha lateralizado en una idolatría de aspectos puramente subjetivos convenientemente potenciados por las modas a través de los medios de comunicación. Hoy los ídolos a adorar son los personajes públicos (deportistas, actores, cantantes, políticos, etc y etc) y los mitos posmodernos como el éxito personal llevan a lateralizar esa idolatría en nosotros mismos a través de elementos como la belleza, el estatus o la fama; en una imitación de los ejemplos que nos muestran a diario.

Lo cual no elimina la necesidad de trascendencia, solo la desplaza. Al ser el vacío existencial el estado anímico básico, la necesidad de consumir más y más puesto que la sensación de placer se desvanece tan pronto como se consume, fuerza con ello la necesidad de tener más dinero (que permitan la repetición de experiencias) que se convierte en el deseo primario del que fluyen todos los demás.

Aquí la trampa es el concepto. Y con cada concepto nuevo que es lanzado a través de los medios de comunicación se pone una trampa nueva en una espiral de trampas que explican la transformación total de la moral y las costumbres en un viaje desconocido pero con rumbo definido por los Ingenieros Sociales.

Cuando vemos, en el trascurso de una misma vida que, muy a menudo, las malas acciones tienen funestas consecuencias cabe preguntarse si hay un sentido oculto en la importancia de existir ya que podemos comprobar en nosotros mismos que hay una ley moral en nuestros corazones. Un sentido que no hemos descubierto y que si la especie humana ya lo hizo, nos ha sido robada. Quizás por ello, hay tanta gente que ya no puede sentir esa ley moral, enterrada bajo la necesidad de seguir sintiendo para encontrarle un sentido a su vida; bajo el impulso egoísta radical del placer.

Eso hace del placer el Telos de la vida. Una vida que se quiere explicar como un puro mecanicismo en el que nada trasciende, donde no hay nada supremo, salvo el dios-dinero que pone en marcha todas las palancas. No hay consecuencias, solo acciones sin significado profundo.

Para gustos , colores, se suele decir. Qué decir de la infinidad de variantes en las que pueden estar distribuidas las percepciones del placer. Tanto es así, que el punto de vista subjetivo define cada acción moral y, así, vivimos en la moral del placer utilitario personal.

Quizás por ello, ya son aceptados como válidos comportamientos que antaño estaban valorados como negativos como la desconsideración, la desvergüenza y un cinismo que ha impregnado todo como un tinte. Actos en que, por mor del cambio de visión en la moral, se pueden llegar a percibir como aceptables e incluso valiosos. Incluso pueden ser prestigiosos, siempre que sean productores de placer.

Es el prestigio un halo, una tarjeta de presentación que levanta muchas barreras. Por ese motivo mucha gente pugna por él en la sociedad tecnotrónica naciente. Es otra puerta al placer y al dinero.

Inconscientemente, todos quieren brillar. En la red social, en el trabajo, en la reunión de amigos o familiar; emular a los personajes cool que ven a través de las pantallas (da igual que sea grande o pequeña) que marcan la tendencia a seguir. Los signos de distinción son elocuentes en tanto son percibidos por los demás y también por uno mismo. Tan efímeros que requieren de una batalla constante por figurar puesto que es lo que produce la identidad autopercibida cuando tiene su correspondencia en likes reales o digitales.

Así, el ser humano, se convierte en un producto más al albur de las fuerzas del mercado, de las redes sociales y, en lo concreto, del feedback interpersonal en el tú a tú. Un branding de sí mismo para vender que el sesgo publicitario en el otro debe confirmar puesto que si no es así se arriesga a ser cancelado en la vida no sólo virtual sino analógica. Ambos, deben confirmar la formación de su propio autoconcepto deseable en el que somos una marca más para los demás. No sólo se trata de como les hacemos sentir sino del valor asociado a nosotros mismos que nos otorga el ajeno.

Los que no entran en el juego o no son aceptados son los nuevos parias en un efecto indeseado de diferenciación social y distinción simbólica de clase. En el fondo una objetivización más del placer del anhelado prestigio social.

Adoctrinados en la necesidad de venderse a uno mismo como un producto en el mercado de las relaciones interpersonales y ya que en el Relativismo Moral no hay verdad objetiva, esto permite un laissez faire ético. Entonces, la desconsideración y el desprecio de lo diferente como marginal se potencian para dar lugar a una actitud muy en boga que es la del cinismo en un enfoque utlitarista en el que se consumen valores al tiempo que se destruyen, en un ambiente dominado por la depredación en la escasez.

El afecto ya no es creíble ni perdurable. Puede ser cancelado en cualquier momento sin ninguna explicación (Ghosting). Lo que no da placer inmediato y estable es descartado sin contemplaciones; en una aberrante distorsión de un clasismo mal entendido en el que se posee (como el dinero) para consumir cualquier aspecto de la vida.

El consumo es la satisfacción de las necesidades. Esta satisfacción es la base de la elección y las necesidades son artificialmente provocadas en un juego de suma infinita en el imaginario colectivo por la propaganda.

Al final, todo acaba en una reificación constante y totalizante pues a todo se le pone un precio y el valor es algo tangencial y relativo al momentum preciso quebrando las voluntades y moldeando el mundo y las personas: es el espíritu santo con el que nos bendice el dinero-dios.

Así, cuando el tecnologismo haya abarcado el mundo entero, la conciencia de los seres humanos no entenderá de metafísicas trascendentes sino de cosificaciones concretizadoras deshumanizantes en el que todo estará medido y controlado; incluso el espirítu humano, el cual, tendrá un carácter de producto manofacturado con las opciones de crecimiento personal que tengan a bien ofrecernos los que mueven los hilos de quienes mueven nuestros hilos hasta que rijan para nosotros las leyes del mercado en los aspectos más insignificantes de nuestras vidas. Control, cuantificación del control y un imaginario colectivo estandarizado y previsible en una pirámide copas en el que correrá el champán hacia abajo como un maná vivificador y alienante.

Y de este modo, pretenden hacerle un simpa a Dios, al karma, al universo, al destino, a la naturaleza o a lo que crean en el fondo de su corazón (quizás entidades ignotas para nosotros perdidas en la Historia oficial) pues ellos sí conservarán su deseo de trascendencia, su (in)humanidad y sus infinitas cuentas corrientes pues la sociedad alienante es sólo para nosotros como si sus actos no tuvieran consecuencias para ellos mismos más allá del placer del poder.

El poder de jugar a ser un dios para finalmente ocupar su lugar en una OPA hostil que promete un gran desastre.

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