Prejuicio y Moral

El tema del prejuicio y la acción de prejuzgar es algo candente en la sociedad actual. Unos los señalan como epítome de la inhumanidad y el mal, otros (a veces las mismas personas) tratan de ponerse a salvo de ser juzgados por lo que es oficialmente un signo de prejuicio; un atributo de la personalidad y el obrar vilipendiado por la moral ideológica hegemónica.

Pero, ¿qué es un prejuicio? Según la RAE: Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

Nos dice que es una opinión antes de tener elementos para enjuiciar.

Y, ¿qué es un juicio? Según la RAE, entre los más evidentes de proceso jurídico (y otros) tenemos: 1.Facultad por la que el ser humano puede distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso. 2. Estado de sana razón opuesto a locura o delirio. 4. Cordura o sensatez. 7. Relación lógica entre dos o más conceptos.

Así tenemos que un prejuicio es un pensamiento antes de pensar y, un juicio, principalmente, distinguir entre el bien y el mal, incluso el pensar mismo. Lo que nos lleva a una dimensión moral a la hora de entender estos conceptos. El prejuicio es a priori negativo. Sin embargo, existen los prejuicios positivos aunque no lo explicite el diccionario, dándole prioridad a los negativos, lo cual ya emite una valoración. ¿Es el diccionario prejuicioso?

También dice que el juicio es cordura y quizás por eso ha sido tan fácil al colocarle el prefijo atribuirle una dimensión negativa y peyorativa (es pensar antes de pensar) y los que piensan erróneamente son los locos.

Estas palabras denotan y connotan en las mentes y entre las gentes de la actualidad dentro de aspectos filosóficos (tener un prejuicio es malo pero un prejuicio positivo es bueno (-¿acaso no lo estoy diciendo?-), sociológicos (son un problema social que hay que combatir) y psicológicos (el prejuicioso es un malvado).

No voy a decir yo que el prejuicio sea bueno. Decía el Gran Wyoming una de las veces en las que estuvo sembrado que el prejuicio es directamente proporcional a la estupidez. Es decir, cuanto más prejuicios más estupidez. Y lo comparto. Sin embargo, él ya lo decía con la connotación de que el prejuicio es una opinión negativa y a mí me parece que el prejuicio positivo es esencialmente lo mismo. Incluso cuando lo negativo o lo positivo es referente al mismo tema.

Lo digo porque en mi experiencia diaria, al parecer, el prejuicio es tener una opinión negativa sobre unos determinados temas concretos. Los otros, ya tal (que decía Mariano Rajoy).

Pero vayamos por partes.

Hasta ahora parece claro que un juicio es el acto de pensar mismo. Constantemente estamos emitiendo juicios, esto es, discriminando lo que está bien de lo que está mal, lo que es útil o inútil o lo beneficioso y lo perjudicial. ¿Quién puede detener la maquinita de pensamientos?

Del recto entender y recolección de elementos e, incluso, de la catadura moral del ser pensante obtenemos un juicio en condiciones de ser valorado como tal; un pensamiento adecuado y/o de calidad.

Nadie piensa a priori. Siempre ha de haber un pensamiento razonado previo que, en el caso del prejuicio, nos sirva de heurística para emitirlo en una cadena lógica. El cual no es entendido como un pensamiento per se. Entonces, ¿qué es? Podríamos decir que a los ojos de los demás es fundamentalmente una actitud o por lo menos, así lo perciben.

De ahí, las connotaciones peyorativas para el que los emite. Es maledicente, malpensado y en consecuencia obra mal. O, al menos, esa es la percepción social. En cualquier caso, tanto el prejuicioso como el que se lo señala están en una autoafirmación de su visión de un asunto y definiendo límites y lo hace desde una óptica estrictamente moral.

El prejuicio no tiene una función social más allá que el de colocar etiquetas para clasificar sujetos e ideas. Sin embargo, la misma definición está cargada de prejuicios por lo que ya podemos adivinar que el que lo emite al mismo tiempo está recibiendo la etiqueta por parte de otros, los cuales asimismo le juzgan y le prejuzgan puesto que tampoco tienen a mano todos los elementos de consideración.

Un función psicológica del prejuicio sería la de un escudo que se blande para proteger algún elemento intrapersonal. Quizás su autopercepción de identidad o la percepción de lo que es aceptable moralmente para él.

Todos tenemos una brújula moral dentro de nosotros. No aceptar esto es negar la realidad. Incluso los que no se adscriben a ninguna moral practicada históricamente .Ya hablábamos al principio de este texto que emitir un juicio es principalmente discriminar el bien del mal por lo que ya deberíamos advertir que, a pesar de esa idea que sobrevuela las creencias actuales que denigra la misma idea de moral, el ser humano se mueve en un ámbito moral en cada una de sus decisiones y de sus pensamientos. Está integrada en su sistema de pensamiento como un hecho fundamental de base. Cada época histórica, cada sociedad y cada persona tiene su propia visión moral de las personas, la vida y el mundo.

Hoy en día, en este mundo novísimo en el que todo quiere acuñarse por primera vez y que está en la permanente búsqueda de un progreso adanista, como decíamos, se reniegan de las morales practicadas históricamente, en la consecución de una nueva manera de entender y practicar la vida misma, y, con ello, se configura una moral que se pretende nueva y que se pretende no-moral en el sentido de que no se autorreconoce como una más sino que se pretende otra cosa. Sin embargo, la amoralidad llevará asociados unos valores, así como la inmoralidad o esta nueva hegemonía moralista que procura que no se le llame moral sin que, de momento, exista una palabra para designarla pero que no deja de ser otra interpretación del mundo, del comportamiento de las personas y del valor y el sentido de la vida humana. Exactamente como cualquier otro planteamiento moral.

Esta nueva moralidad ha sido edificada en las mentes de las personas a través de los Medios de Comunicación de Masas y los planes educativos, en un sistema que se autorreplica, siguiendo el modelo gradual de la rana en la olla. Convertida en la moda más practicada, se entiende a sí misma como un laissez faire para sí misma y una condena para los demás. ¿Qué es un prejuicio según hemos visto?: una condena a priori, por tanto un acto de injusticia e incluso de maldad. Sin embargo, los que azuzan son señalados por los demás (los que dicen que no los tienen, los liberados) siguiendo el mismo esquema; una intolerancia ex ante sin tener elementos suficientes y pretendiendo que se les ajusticie, esta vez mediante el escarnio público y el ostracismo social como castigo como demuestra que exista la cultura de la cancelación.

Ambos, condenan a priori. La diferencia sólo está en el punto de vista en el observador atribuyéndose ambos la razón y la primacía de su ideal. Ambos practican ese razonamiento ex ante para su heurística antes de emitir opinión.

Lo que trato de explicar es que mediante el lenguaje se produce una subversión de los valores simbólicos. El que ostenta unos prejuicios determinados y no otros es condenable pero el hecho de que utilicen el mismo proceso mental para justificarlo no importa y a cambio sí les faculta para castigar y les coloca en una posición de superioridad moral. Entonces, los hechos que se produzcan a continuación están justificados.

Desde mi punto de vista, lo adecuado con los prejuicios de los demás es tratar de entender cual es su origen para poder entender otras visiones en un frío análisis. No para justificarlos o combatirlos, si no porque sin el conocimiento de donde provienen no se podrán comprender y a partir de ahí, pensar en estrategias para llegar a un nuevo hito del razonamiento lógico que despeje el camino y nos haga avanzar.

No hacerlo nos coloca en el mismo peldaño de la escalera juzgando lo intrínseco por lo extrínseco. La valoración moral de unos prejuicios execrables por otros deseables y no otros, acaba convertido en un acto reflejo más. La ostentación pública de la condena o alabanza del prejuicio, de la muestra de un prejuicio concreto y de la imposición de unos valores morales ocurren de manera bidireccional (ambos lo hacen) es una evidencia del Signo de los Tiempos: el de la pura apariencia en una constante búsqueda de la autoafirmación de la propia identidad aun a costa de negarles a los demás lo que nos atribuimos a nosotros mismos o viceversa utilizando el mismo argumento conceptual.

Y no deja de ser revelador que al hablar de la dignidad de las personas (que es fundamentalmente lo que tratan de salvaguardar estos insospechados guardianes) se la arrebaten al adversario al estereotiparlo y con esto, ellos mismos también la pierdan.

Esta inversión de los valores simbólicos aplicándolos ad hoc según la persona y el objeto del pensar va más allá del lenguaje en antinomias que describía Orwell en 1984, donde la paz era la guerra y la verdad era la mentira, etc. Es directamente un control mental basado en la doble moral, en la que se aplica a los demás lo que no se aplica para uno y se aplica a uno lo que no se aplica a los demás.

Si no le gustan mis principios tengo otros, decía Groucho Marx. Ahora es: tengo unos principios para cada situación particular y si no te gusta esta circunstancia eres un problema.

Con todo, esto no quiero entrar a valorar que no hayan ideas prejuiciosas que son objetivamente negativas y precursoras de situaciones dolorosas para alguien. Yo mismo, soy una persona que por su familia primero y después por mí mismo, mi vida y situaciones sufrí, he sufrido, sufro y sufriré juicios y prejuicios.

Quizás por eso, me permito hablar de estas cosas sin miedo ni pudor, porque conozco el asunto. El tema no son los prejuicios creo yo. Siempre han existido y siempre existirán: son productos de emociones humanas como el miedo o el egoísmo, el deseo o el rechazo. El problema es que se considere prejuicios unos temas y no otros y que se acepte con total normalidad el prejuicio positivo, también unos por encima de otros.

Esto es un dirigismo interesado que destruye a la sociedad, a las personas y a la moral que necesariamente impregna cada acción humana. Y con ello el control que alguna vez tuvimos sobre nosotros mismos. El amor al prójimo, convertido en estandarte, se vuelve un arma arrojadiza. Muere el debate y con ello el progreso.

La vida me ha enseñado que más que por lo que dicen, lo que son o parecen ser, a los demás se les juzga por lo que hacen: obras son amores.

Y con eso, yo mismo, lo confieso, sí tengo prejuicios.

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