La infantilización de Occidente

Se habla a menudo de la infantilización de la sociedad y es cierto que está pasando. Todos tenemos el infortunio de tener alrededor alguna persona que es claramente pueril en sus maneras, actos o palabras. Sin embargo, en amplias capas de la sociedad esto ocurre de un modo más sutil y, por qué no decirlo, más denigrante.

Denigrante, digo, porque se supone que esos adultos ya han llegado a algún estadio de madurez si no lo han rebasado claramente y, sin embargo, están ciegos ante su estado fundamental acríticamente.

Pensar con criterio depende de varios factores: tener una base de conocimientos teóricos, sumar experiencias significativas de las que se haya aprendido y el hábito de poner las anteriores en confrontación reflexiva para llegar a conclusiones fundamentadas. En la vida esto es básico para progresar y en el mundo extraordinariamente complejo de hoy en día una obligación moral.

Son los niños en extremo volubles, no tienen capacidad de análisis ni de autodominio. Sin embargo, la mayoría de las personas están en cierta forma a cargo de sí mismos con relativo éxito. Entonces, ¿en qué consiste dicha infantilización?

Según mi entender, no es tanto una regresión hasta la niñez como no abandonar nunca la adolescencia. Los ritos de iniciación a la etapa adulta están muy difuminados en Occidente y hace tiempo que fueron abandonados. Los niños quieren ser adultos de una vez y muchos preadolescentes queman etapas a un ritmo vertiginoso y convierten en prosaicos en muy poco tiempo los hitos de desarrollo de una persona, así como las posibilidades que nos ofrece una vida humana. Así, no hay una frontera consciente clara entre la inmadurez y la existencia responsable. Los rituales se banalizan y con ello la vida misma. Se perpetúa una visión sin reflexión consciente.

La adolescencia es una época de conformación de la identidad psicológica y social. Para ello, se transitan diferentes aspectos de la personalidad y de la cosmovisión social de la vida. Se experimenta con ellas y llega un momento en la postadolescencia en que tarde o temprano se habrá pasado por la etapa de experimentar con la IRRESPONSABILIDAD. De hecho, madurar es además de la adquisición de un conocimiento del mundo una toma de responsabilidad.

Y aquí llegamos al asunto fundamental; la gente se infantiliza porque es irresponsable. Un menor no es responsable ni por definición, ni legalmente ni por sentido común. Muchos no abandonarán este estado mental en toda su vida. No explícitamente (que también) sino de un modo soterrado que la sociedad de hoy en día ha convertido en el modus operandi habitual normalizando actitudes, ideas y conductas que remiten claramente a una permanencia en la juventud temprana. Y lo hacemos la mayoría.

De hecho, la juventud es un símbolo al que todos inspira; no me llames de usted me decían cuando yo era joven; cremas antiarrugas; abuelas que se visten a la moda de las de cuarenta; publicidad para hombres de mediana edad con jóvenes como protagonistas; cirugía estética y etcétera, la lista podría ser kilométrica.

Sin embargo, esta permanencia en una eterna juventud mental se produce como consecuencia de un ambiente social en el que todo se dispone para que así sea. Los políticos nos hablan como niños, los informativos disponen las noticias sin contexto para que no las comprendamos, el mundo de la publicidad se vale de la juventud como leit motiv, el mundo del ocio está pensado para el goce extático o la distracción vana y de cuanto más ocio se disponga más estatus social se obtiene. La vida dificultosa de nuestros antepasados ha desaparecido para la mayoría y las necesidades son fáciles de cubrir. Podríamos, de nuevo, continuar ad nauseam.

Primero está la irresponsabilidad con uno mismo. Prueba de ello es que como se ha instalado un HEDONISMO RADICAL en el que disfrutar de lo sensible es el sentido de la vida. Lo que debía ser una época de experimentación se convierte en un modus vivendi. Drogadicción, alcoholismo, ludopatización, adicción al sexo; son ejemplos de hoy muy habituales. Más de lo que la gente piensa. Pueden ser conscientes de sus actos pero cuando lleguen las consecuencias no las asumirán.

Se está llegando a un punto en el que no sólo se consumen sustancias o personas. Se ha refinado tanto este disfrute de lo sensible que se consumen igualmente valores e ideas asociadas a algún estilo de vida el cual proporciona estatus tanto entre los pares como en las redes sociales.

El saber está minusvalorado. Ellos desperdician su tiempo en distracciones superfluas, no entienden el valor de trabajar sobre uno mismo; es preferible el Carpe Diem mal entendido que se pregona desde todos los ángulos. Pronto la ignorancia será una condición deseable y con valor por sí misma.

Segundo está la irresponsabilidad con los otros. El comportamiento asociado es el EGOÍSMO. La sociedad humana es una pirámide que se nutre con la idea subyacente de la supervivencia del más fuerte. La vida diaria es una guerra en la que hay que pisar para no ser pisado. El caballo de batalla es el dinero y el estatus. Las personas procuran el bien para sí mismos y los suyos; los demás son excluidos de la ecuación como norma general.

Es una obligación moral pensar en el bienestar de los demás al mismo nivel del propio pero esto se alcanza con la madurez emocional y moral, algo de lo que adolecen. La crítica gratuita o el odio inútil se mezclan con el sentimentalismo propio de la adolescencia circunscribiéndose este último a canciones, tatuajes, símbolos doctrinales y muchas más superficialidades que no aportan una vida significativa sino una identidad temporal que se intuye permanente. Se le pretende a detalles una importancia simbólica que solo se explican a través de la falta de comprensión, la inconsciencia y la voluntad de darle un significado muchas veces injustificado o incompleto.

Por último, está la irresponsabilidad con la sociedad que se fomenta a través de la INDIFERENCIA. El mundo es un caos y la gente no para de quejarse pero los más no hacen nada. Claramente, el mundo es cada vez más un lodazal de fango tóxico desorganizado y amenazante. La vida es eso que pasa mientras espero que me la solucionen otros. ¿Cómo, entonces, voy a solucionársela yo a los demás? Que cada palo aguante su vela.

Se rechaza al enfermo, al pobre, al diferente; se justifican los desmanes de los políticos en aras de una identificación con las ideologías que creemos que nos representan a pesar de que habrá perjudicados; la mayoría solo consumen las noticias trágicas de algún desastre en el culo del mundo como una anécdota del día olvidando la historia muy rápidamente; se abandona a los hijos incluso en presencia (esto es, obviando negligentemente la educación que necesariamente deben darle como padres, relegándole la función a la calle, los maestros o lo que es peor a las pantallas); personas de la tercera edad abandonados por sus hijos en una nueva lista infinita.

Es el ‘do not get emotionally involved’ con un alcance constante y amplísimo. Es el laissez faire moral propio de la desidia y la INCONSCIENCIA de no acabar de comprender el alcance y recorrido de los actos propios y ajenos, de las ideas a las que se adscriben sin conocer su genelogía y su resultado, tal y como sucede en el proceso adolescente. El esfuerzo y el sacrificio desaparecen ya que nos hemos acostumbrado a abrir el grifo, a recibir atención fácilmente, a apretar un botón para conseguir resultados.

Estas tres condiciones de la irresponsabilidad se producen en medio de una constante búsqueda de uno mismo; una identidad sin forma fija que evoluciona a ras de tiempo; modas, canciones, movimientos políticos, sociales o religiosos y la situación del mundo laboral se convierten en catalizadores de una identidad cambiante y amorfa que muta de forma exponencial según la idea de último momento que nos fascine o nos sirva con alguna utilidad. A lo que hay que sumarle la falta de referentes eficaces propias del posmodernismo y la asunción de las ‘verdades relativas’ propias del Relativismo Moral.

Así, en la sociedad de consumo, consumen sus vidas y las de los otros sin reparar que madurar es ante todo un darse cuenta y actuar en consecuencia. Además, la sociedad capitalista de la información no cesa de proporcionarles material de uso. El consumismo se basa en el capricho más que en la acumulación y, de este modo, caprichosos, adoleciendo de los valores eternos y con una falsa sensación de seguridad en sí mismos se deslizan hacia el purgatorio que les proporcionará la catarsis que quizás les ayude a nacer a la etapa adulta.

La inmadurez siempre ha existido pero la infantilización es un fenómeno nuevo. Se fue gestando en el S. XX y hoy en día ya es un artefacto que se autorreplica con mayor potencia en cada generación en un declinar permanente. Hemos perdido nuestra referencia ante el lugar que ocupamos en la evolución de nosotros en conjunto como parte de la historia de la especie humana y nuestra responsabilidad ante ello.

Decia Noam Chomsky que la gente no sabe y no sabe que no sabe. Además, y es lo más peligroso, cree saber. Una consecuencia de cumplir años y experiencias, muchas de ellas inservibles, las cuales fomentan un espejismo en el que creen observarse en una orgía de la experimentación irresponsable, inconsciente, egoísta, lábil e ignorante.

Y en mi limitado entender por eso actúan como adolescentes. Todos y cada uno de nosotros hemos pasado o estamos pasando por algún aspecto de este proceso. Nuestra obligación es darle la vuelta a ése calcetín en todas las formas que podamos como primer paso para evitar ahondar en la decadencia de Occidente.

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