Las Guerras Cognitivas (II)

DE LA RAZÓN A LA EMOCIÓN

En primer lugar debemos echar un vistazo a la sociedad donde se produce la guerra cognitiva; la situación moral e intelectual de la población objetivo y abordaremos como se produce el cambio desde sus orígenes más contemporáneos hasta la actualidad en este y en siguientes artículos de esta serie.

Para hablar de la sociedad posmoderna actual, la cual ya es diferente de la que existía en los 80 del S.XX, por lo que hay algún autor que habla ya de sociedad metamoderna o hípermoderna, exploraremos desde la Modernidad a la transformación posmoderna hasta (intentaré) hoy en día; como hemos llegado desde la certidumbre que mostraban los teóricos del triunfo de la razón en el S.XVII a hoy, donde la incertidumbre y una sensación de permanente interregno es el día a día.

La Historia de las Ideas es la Historia de la Humanidad misma y es inseparable de su comprensión de las épocas y etapas; las explican, las justifican y queda como una serie de bases que se apilan unas tras otras hasta formar un todo en el que la base más antigua influye en la más reciente, incluso, a través de los siglos.

Así, podemos hablar de como el Imperio Romano o la Antigua Grecia todavía tienen razones para desvelar las causas de comportamientos en Occidente o como el Confucianismo lo hace en China por poner un par de ejemplos. Las ideas que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos dejaron su impronta y testamento y, aún actualmente, en la sociedad altotecnológica, debemos a la influencia de las ideas del pasado el poso de las de hoy.

Como decía, lo haremos desde una perspectiva de cierta contemporaniedad y empezaremos hablando brevemente de la Modernidad y Posmodernidad. Podríamos pensar que la posmodernidad surge como reacción a la Modernidad pero esto no es así. Es más como una degeneración dialéctica fuertemente influida por la tecnología. Los humanos estamos totalmente vinculados con el ambiente y es imposible desligarlo del desarrollo vital e intelectual de una vida, así como de una sociedad. La casuística política y económica son fundamentales para entender como se produce la mutación. Asimismo, la tecnología disponible también es un vector de influencia y entender el desarrollo de la sociedad corre pareja de todas las variables disponibles.

Sitúan el origen de la Modernidad en el Renacimiento. Allí, surge la ciencia moderna y se esbozan las ideas que darán lugar a la Ilustración. En el S.XVI comienza a sustituirse la idea de Dios como medida de todas las cosas por la del Hombre. La confianza en el poder humano para transformar su entorno y comprenderlo llega como consecuencia de las filosofías escolásticas y del dominio de técnicas.

Con la llegada de la Ilustración la fe cambia de objeto y bascula hacia el poder de la razón para comprender los mecanismos de la realidad y planificar la sociedad bajo baremos puramente humanos. Los principios de Libertad, Igualdad y Justicia se liberan de las ataduras religiosas y se secularizan en busca de la universalización de la ciencia y los conceptos. Un proyecto de racionalización y emancipación (Temer) del ser humano como ente individual y social.

Se origina, asimismo, un concepto del progreso como cultura teleológica y se lleva a cabo la industrialización, la aparición de los medios masivos de comunicación y la burocratización como consecuencia del establecimiento de de los Estados-Nación, los cuales ejercen su poder a través del monopolio de la violencia y la cultura, donde los gobiernos toman las decisiones y los miembros de la sociedad los acatan.

La sociedad se mueve bajo los parámetros del liberalismo clásico en lo económico-social: oportunidad, igualdad, beneficio, competencia. Los bancos, que habían hecho su aparición en el Renacimiento, se consolidan y agigantan. Empieza la producción en masa.

En el S.XIX hacen su entrada toda una serie de -ismos políticos como consecuencia del carácter de proyecto permanente que es explorado por multitud de pensadores y el conflicto se vuelve endémico de modo general. Ahí tenemos como ejemplo las revoluciones liberales que se van repitiendo cíclicamente durante todo el siglo. El viejo mundo se resiste a desaparecer y el nuevo se vuelve una lucha permanente en la pugna por configurarlo.

El individualismo como expresión filosófica, social y psicológica se hace fuerte y se convierte en el modo de pensar y sentir general. Poco a poco, la solidaridad orgánica de los pueblos se convierte en inorgánica (Durkheim) en las ciudades al comenzar el éxodo rural. El proceso de racionalización y control de las primeras ingenierías sociales se hace patente con el diseño de ciudades, los censos y el triunfo del positivismo científico que aporta la legibilidad de las sociedades.

Podemos decir que sobre la superficie la Modernidad es optimista y tiene un proyecto entre manos que promete. El mundo se va haciendo en la medida en que aparecen las novedades filosóficas, científicas y tecnológicas; se produce una desaparición de las antiguas estructuras de poder que son sustituidas por otras nuevas y los cambios en las mentalidades de las personas no afectan directamente a la psique colectiva si no a la percepción del desarrollo del proyecto.

Finalmente, y como decía Goya, los sueños de la razón producen monstruos. La Modernidad desemboca en las diversas clases de totalitarismos, el nacionalismo, la bomba atómica y dos guerras mundiales. El poder de la razón no disminuyó la sed por el poder ni aumentó el amor por los semejantes. Sí, en cambio, la avaricia y las fantasías de grandeza personal.

Fue una etapa de desarrollo descomunal a todos los niveles que transformó el mundo para (creemos hoy en día) siempre. Llegando al S.XX comienza el desarrollo tecnológico y científico a crecer de manera exponencial. A inicios de éste siglo los analistas detectan cambios en el modo de pensar y sentir: iniciaba la mutación de la psique individual y colectiva, las masas serán objeto de estudio y con ello las ciencias sociales y psicológicas inician un efectivo despegue.

Tras los desastres de los primeras décadas del S.XX y con el pasar de los años se produce una metamorfosis. Hacen su aparición los teóricos críticos y comienza la relación dialéctica con la Modernidad en la que sin abandonar algunos de sus supuestos, los cuales se mantienen en el universo simbólico, cultural y político-social, ocurrirá una radical transformación, no sólo en el modo en que se entiende el progreso, la racionalidad, la diferencia o la confianza en el Estado sino incluso el modo en que la gente se relaciona entre sí.

Ideas que siguen en el imaginario colectivo, entonces y en la actualidad, son los principios de libertad, igualdad y justicia, la razón como principio rector (como una idea falsa estereotipada), el consentimiento de la planificación social; las Instituciones creadas en la Modernidad siguen vigentes como los gobiernos y los parlamentos o los medios de comunicación, estos últimos clave en el papel de agente transformador de la mentalidad del imaginario colectivo de los ciudadanos.

Confirmando la admonición de Gramsci: “ lo nuevo no acaba de nacer, lo viejo no acaba de morir y en estos claroscuros surgen los monstruos” (otra vez monstruos). La amenaza del mundo de la Guerra Fría fue dando luz a la idea de que la vida debía ser exprimida hasta la última gota y debían tomarse los frutos del sistema en beneficio propio. Las ideas económicas liberales triunfan y dejan una huella, casi una herida, en la visión del mundo plausible.

Sin embargo, se ha producido una ruptura: la pérdida de confianza en la política a la que se ve a un tiempo parte del problema y un solucionador ineludible; el concepto universalizador del ser humano ha devenido, a causa de la supresión y fracaso de los relatos religiosos y políticos, en una arcilla trágicamente dependiente del sistema, en el que la falta de referencias y horizonte provoca que el dinero se haya convertido en la medida de todas las cosas. No se concibe, de un modo generalizado, más progreso que el económico. Es una idea, la del progreso como Humanidad, que provoca recelo en contraposición con el entusiasmo que provocaba anteriormente. El pesimismo ante el futuro se convierte en norma y la alegría en una moneda de cambio en el cara a cara.

El término pos- hace referencia a un marco de superación y no de desaparición. Es la posmodernidad, más que un estado de las cosas, un estado mental. Una actitud de negación en la que lo efímero se vuelve norma por falta de principios últimos al suprimirse la validez de los antiguos relatos. Max Weber ya había profetizado la desaparición de los valores, víctimas de los procesos de racionalización: Modernidad y Nihilismo se dan la mano en la posmodernidad que acaba en una cultura basada en tópicos falsos, la simplificación de contenidos y el relativismo cultural y moral ante la falta de certezas. Los nuevos relatos son construcciones sociales que toman un carácter individual; el relativismo de la verdad personal. No hay certezas demostrables más allá de las visiones particulares.

Relativismo que deconstruye cualquier valor o creencia hasta convertirla en un modo de sentir hasta que se alcanza la anteposición de sentimientos a la hora de tomar decisiones puramente racionales mientras se justifican como tal. El sujeto político se ha transformado en sujeto consumidor. El consumo, como leit motiv vital y cotidiano, no sólo como parte del sistema, sino también como actitud ante la vida; los consumidores no siguen la cadena de acción pienso-hago-siento. En su lugar practican siento-hago-pienso por lo que son emociones que se racionalizan las que dirigen sus vidas. La razón como excusa falsa justificadora de una visión del mundo moribunda y de atrezzo que sirve para acallar conciencias mediante el engaño.

Los proyectos emancipadores del ser humano como ser social quedaron atrás y el resultado es una abundancia de productos a través de la economía de mercado que no colman la insatisfacción por lo que se tiende hacia la experimentación del hedonismo radical a corto plazo legitimado únicamente como posibilidad a nuestro alcance a través de la omnipresente publicidad de los medios de comunicación.

La alta cultura y la cultura popular se fusionan para dar lugar a una cultura de masas debidamente divulgada en cada rincón del planeta a través de la televisión y el cine. La homogenización de la moral se logra con la difusión masiva de normas de conducta a través del arte debidamente mercantilizado; de la venta de experiencias a buen precio y de una supuesta diversidad de estilos de vida que se enmarcan en un sistema del que no es posible escapar. Sistema que ofrece un catálogo finito en materia política para que nadie aspire a salirse del redil, al tiempo que fomentan la polarización de la sociedad para controlar el escenario.

La exponencialidad del progreso en la ciencia y la técnica no trajeron un mundo mejor. Las guerras fueron y son permanentes y se siguen sucediendo una tras otra alrededor del planeta. La desigualdad era acuciante (hoy es más palpable que nunca a pesar de la abundancia) y al igual que en las épocas premodernas hay hambrunas en zonas del mundo que, a su vez, son deliberadamente mantenidas en la miseria. Las organizaciones mundiales creadas con el orden mundial tras las guerras hasta el 1945 no sirvieron para evitarlas en adelante en la compleja geopolítica de disuasión nuclear. Los ciudadanos tardaron medio siglo en percatarse de que son inermes en cambiar la situación y comenzó el sálvese quien pueda. El sistema capitalista y comunista tenían demasiadas cosas en común, empezando por la planificación económica de mercado y terminando por la represión y el control como sistema. Ya nadie creía en nada y dio lugar a un proceso de degradación que culminó en la segunda revolución individualista (Lipovetsky).

Hoy en día hemos pasado a un nuevo nivel, donde las mentes de las personas son barro que se modela desde los medios, las escuelas y la política. La contradicción permanente y el absurdo se han adueñado de nuestras vidas y de nuestro pensamiento. La depauperación intelectual de una mayoría es un hecho que va a más en un sistema que se autorreplica desde hace varias generaciones.

La búsqueda de la objetividad en la razón se transformó en la labilidad de la emoción: subjetiva y por tanto relativa en cada individuo y todos lo asumimos como algo común que aceptamos sin resistencia y, paradójicamente, como una verdad “objetiva”.

En el siguiente artículo trataré de profundizar en como se produce la metamorfosis de manera más pormenorizada en un viaje que cubrirá la segunda mitad del S.XX.

Os espero allí.

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