La infantilización de Occidente

Se habla a menudo de la infantilización de la sociedad y es cierto que está pasando. Todos tenemos el infortunio de tener alrededor alguna persona que es claramente pueril en sus maneras, actos o palabras. Sin embargo, en amplias capas de la sociedad esto ocurre de un modo más sutil y, por qué no decirlo, más denigrante.

Denigrante, digo, porque se supone que esos adultos ya han llegado a algún estadio de madurez si no lo han rebasado claramente y, sin embargo, están ciegos ante su estado fundamental acríticamente.

Pensar con criterio depende de varios factores: tener una base de conocimientos teóricos, sumar experiencias significativas de las que se haya aprendido y el hábito de poner las anteriores en confrontación reflexiva para llegar a conclusiones fundamentadas. En la vida esto es básico para progresar y en el mundo extraordinariamente complejo de hoy en día una obligación moral.

Son los niños en extremo volubles, no tienen capacidad de análisis ni de autodominio. Sin embargo, la mayoría de las personas están en cierta forma a cargo de sí mismos con relativo éxito. Entonces, ¿en qué consiste dicha infantilización?

Según mi entender, no es tanto una regresión hasta la niñez como no abandonar nunca la adolescencia. Los ritos de iniciación a la etapa adulta están muy difuminados en Occidente y hace tiempo que fueron abandonados. Los niños quieren ser adultos de una vez y muchos preadolescentes queman etapas a un ritmo vertiginoso y convierten en prosaicos en muy poco tiempo los hitos de desarrollo de una persona, así como las posibilidades que nos ofrece una vida humana. Así, no hay una frontera consciente clara entre la inmadurez y la existencia responsable. Los rituales se banalizan y con ello la vida misma. Se perpetúa una visión sin reflexión consciente.

La adolescencia es una época de conformación de la identidad psicológica y social. Para ello, se transitan diferentes aspectos de la personalidad y de la cosmovisión social de la vida. Se experimenta con ellas y llega un momento en la postadolescencia en que tarde o temprano se habrá pasado por la etapa de experimentar con la IRRESPONSABILIDAD. De hecho, madurar es además de la adquisición de un conocimiento del mundo una toma de responsabilidad.

Y aquí llegamos al asunto fundamental; la gente se infantiliza porque es irresponsable. Un menor no es responsable ni por definición, ni legalmente ni por sentido común. Muchos no abandonarán este estado mental en toda su vida. No explícitamente (que también) sino de un modo soterrado que la sociedad de hoy en día ha convertido en el modus operandi habitual normalizando actitudes, ideas y conductas que remiten claramente a una permanencia en la juventud temprana. Y lo hacemos la mayoría.

De hecho, la juventud es un símbolo al que todos inspira; no me llames de usted me decían cuando yo era joven; cremas antiarrugas; abuelas que se visten a la moda de las de cuarenta; publicidad para hombres de mediana edad con jóvenes como protagonistas; cirugía estética y etcétera, la lista podría ser kilométrica.

Sin embargo, esta permanencia en una eterna juventud mental se produce como consecuencia de un ambiente social en el que todo se dispone para que así sea. Los políticos nos hablan como niños, los informativos disponen las noticias sin contexto para que no las comprendamos, el mundo de la publicidad se vale de la juventud como leit motiv, el mundo del ocio está pensado para el goce extático o la distracción vana y de cuanto más ocio se disponga más estatus social se obtiene. La vida dificultosa de nuestros antepasados ha desaparecido para la mayoría y las necesidades son fáciles de cubrir. Podríamos, de nuevo, continuar ad nauseam.

Primero está la irresponsabilidad con uno mismo. Prueba de ello es que como se ha instalado un HEDONISMO RADICAL en el que disfrutar de lo sensible es el sentido de la vida. Lo que debía ser una época de experimentación se convierte en un modus vivendi. Drogadicción, alcoholismo, ludopatización, adicción al sexo; son ejemplos de hoy muy habituales. Más de lo que la gente piensa. Pueden ser conscientes de sus actos pero cuando lleguen las consecuencias no las asumirán.

Se está llegando a un punto en el que no sólo se consumen sustancias o personas. Se ha refinado tanto este disfrute de lo sensible que se consumen igualmente valores e ideas asociadas a algún estilo de vida el cual proporciona estatus tanto entre los pares como en las redes sociales.

El saber está minusvalorado. Ellos desperdician su tiempo en distracciones superfluas, no entienden el valor de trabajar sobre uno mismo; es preferible el Carpe Diem mal entendido que se pregona desde todos los ángulos. Pronto la ignorancia será una condición deseable y con valor por sí misma.

Segundo está la irresponsabilidad con los otros. El comportamiento asociado es el EGOÍSMO. La sociedad humana es una pirámide que se nutre con la idea subyacente de la supervivencia del más fuerte. La vida diaria es una guerra en la que hay que pisar para no ser pisado. El caballo de batalla es el dinero y el estatus. Las personas procuran el bien para sí mismos y los suyos; los demás son excluidos de la ecuación como norma general.

Es una obligación moral pensar en el bienestar de los demás al mismo nivel del propio pero esto se alcanza con la madurez emocional y moral, algo de lo que adolecen. La crítica gratuita o el odio inútil se mezclan con el sentimentalismo propio de la adolescencia circunscribiéndose este último a canciones, tatuajes, símbolos doctrinales y muchas más superficialidades que no aportan una vida significativa sino una identidad temporal que se intuye permanente. Se le pretende a detalles una importancia simbólica que solo se explican a través de la falta de comprensión, la inconsciencia y la voluntad de darle un significado muchas veces injustificado o incompleto.

Por último, está la irresponsabilidad con la sociedad que se fomenta a través de la INDIFERENCIA. El mundo es un caos y la gente no para de quejarse pero los más no hacen nada. Claramente, el mundo es cada vez más un lodazal de fango tóxico desorganizado y amenazante. La vida es eso que pasa mientras espero que me la solucionen otros. ¿Cómo, entonces, voy a solucionársela yo a los demás? Que cada palo aguante su vela.

Se rechaza al enfermo, al pobre, al diferente; se justifican los desmanes de los políticos en aras de una identificación con las ideologías que creemos que nos representan a pesar de que habrá perjudicados; la mayoría solo consumen las noticias trágicas de algún desastre en el culo del mundo como una anécdota del día olvidando la historia muy rápidamente; se abandona a los hijos incluso en presencia (esto es, obviando negligentemente la educación que necesariamente deben darle como padres, relegándole la función a la calle, los maestros o lo que es peor a las pantallas); personas de la tercera edad abandonados por sus hijos en una nueva lista infinita.

Es el ‘do not get emotionally involved’ con un alcance constante y amplísimo. Es el laissez faire moral propio de la desidia y la INCONSCIENCIA de no acabar de comprender el alcance y recorrido de los actos propios y ajenos, de las ideas a las que se adscriben sin conocer su genelogía y su resultado, tal y como sucede en el proceso adolescente. El esfuerzo y el sacrificio desaparecen ya que nos hemos acostumbrado a abrir el grifo, a recibir atención fácilmente, a apretar un botón para conseguir resultados.

Estas tres condiciones de la irresponsabilidad se producen en medio de una constante búsqueda de uno mismo; una identidad sin forma fija que evoluciona a ras de tiempo; modas, canciones, movimientos políticos, sociales o religiosos y la situación del mundo laboral se convierten en catalizadores de una identidad cambiante y amorfa que muta de forma exponencial según la idea de último momento que nos fascine o nos sirva con alguna utilidad. A lo que hay que sumarle la falta de referentes eficaces propias del posmodernismo y la asunción de las ‘verdades relativas’ propias del Relativismo Moral.

Así, en la sociedad de consumo, consumen sus vidas y las de los otros sin reparar que madurar es ante todo un darse cuenta y actuar en consecuencia. Además, la sociedad capitalista de la información no cesa de proporcionarles material de uso. El consumismo se basa en el capricho más que en la acumulación y, de este modo, caprichosos, adoleciendo de los valores eternos y con una falsa sensación de seguridad en sí mismos se deslizan hacia el purgatorio que les proporcionará la catarsis que quizás les ayude a nacer a la etapa adulta.

La inmadurez siempre ha existido pero la infantilización es un fenómeno nuevo. Se fue gestando en el S. XX y hoy en día ya es un artefacto que se autorreplica con mayor potencia en cada generación en un declinar permanente. Hemos perdido nuestra referencia ante el lugar que ocupamos en la evolución de nosotros en conjunto como parte de la historia de la especie humana y nuestra responsabilidad ante ello.

Decia Noam Chomsky que la gente no sabe y no sabe que no sabe. Además, y es lo más peligroso, cree saber. Una consecuencia de cumplir años y experiencias, muchas de ellas inservibles, las cuales fomentan un espejismo en el que creen observarse en una orgía de la experimentación irresponsable, inconsciente, egoísta, lábil e ignorante.

Y en mi limitado entender por eso actúan como adolescentes. Todos y cada uno de nosotros hemos pasado o estamos pasando por algún aspecto de este proceso. Nuestra obligación es darle la vuelta a ése calcetín en todas las formas que podamos como primer paso para evitar ahondar en la decadencia de Occidente.

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Prejuicio y Moral

El tema del prejuicio y la acción de prejuzgar es algo candente en la sociedad actual. Unos los señalan como epítome de la inhumanidad y el mal, otros (a veces las mismas personas) tratan de ponerse a salvo de ser juzgados por lo que es oficialmente un signo de prejuicio; un atributo de la personalidad y el obrar vilipendiado por la moral ideológica hegemónica.

Pero, ¿qué es un prejuicio? Según la RAE: Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

Nos dice que es una opinión antes de tener elementos para enjuiciar.

Y, ¿qué es un juicio? Según la RAE, entre los más evidentes de proceso jurídico (y otros) tenemos: 1.Facultad por la que el ser humano puede distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso. 2. Estado de sana razón opuesto a locura o delirio. 4. Cordura o sensatez. 7. Relación lógica entre dos o más conceptos.

Así tenemos que un prejuicio es un pensamiento antes de pensar y, un juicio, principalmente, distinguir entre el bien y el mal, incluso el pensar mismo. Lo que nos lleva a una dimensión moral a la hora de entender estos conceptos. El prejuicio es a priori negativo. Sin embargo, existen los prejuicios positivos aunque no lo explicite el diccionario, dándole prioridad a los negativos, lo cual ya emite una valoración. ¿Es el diccionario prejuicioso?

También dice que el juicio es cordura y quizás por eso ha sido tan fácil al colocarle el prefijo atribuirle una dimensión negativa y peyorativa (es pensar antes de pensar) y los que piensan erróneamente son los locos.

Estas palabras denotan y connotan en las mentes y entre las gentes de la actualidad dentro de aspectos filosóficos (tener un prejuicio es malo pero un prejuicio positivo es bueno (-¿acaso no lo estoy diciendo?-), sociológicos (son un problema social que hay que combatir) y psicológicos (el prejuicioso es un malvado).

No voy a decir yo que el prejuicio sea bueno. Decía el Gran Wyoming una de las veces en las que estuvo sembrado que el prejuicio es directamente proporcional a la estupidez. Es decir, cuanto más prejuicios más estupidez. Y lo comparto. Sin embargo, él ya lo decía con la connotación de que el prejuicio es una opinión negativa y a mí me parece que el prejuicio positivo es esencialmente lo mismo. Incluso cuando lo negativo o lo positivo es referente al mismo tema.

Lo digo porque en mi experiencia diaria, al parecer, el prejuicio es tener una opinión negativa sobre unos determinados temas concretos. Los otros, ya tal (que decía Mariano Rajoy).

Pero vayamos por partes.

Hasta ahora parece claro que un juicio es el acto de pensar mismo. Constantemente estamos emitiendo juicios, esto es, discriminando lo que está bien de lo que está mal, lo que es útil o inútil o lo beneficioso y lo perjudicial. ¿Quién puede detener la maquinita de pensamientos?

Del recto entender y recolección de elementos e, incluso, de la catadura moral del ser pensante obtenemos un juicio en condiciones de ser valorado como tal; un pensamiento adecuado y/o de calidad.

Nadie piensa a priori. Siempre ha de haber un pensamiento razonado previo que, en el caso del prejuicio, nos sirva de heurística para emitirlo en una cadena lógica. El cual no es entendido como un pensamiento per se. Entonces, ¿qué es? Podríamos decir que a los ojos de los demás es fundamentalmente una actitud o por lo menos, así lo perciben.

De ahí, las connotaciones peyorativas para el que los emite. Es maledicente, malpensado y en consecuencia obra mal. O, al menos, esa es la percepción social. En cualquier caso, tanto el prejuicioso como el que se lo señala están en una autoafirmación de su visión de un asunto y definiendo límites y lo hace desde una óptica estrictamente moral.

El prejuicio no tiene una función social más allá que el de colocar etiquetas para clasificar sujetos e ideas. Sin embargo, la misma definición está cargada de prejuicios por lo que ya podemos adivinar que el que lo emite al mismo tiempo está recibiendo la etiqueta por parte de otros, los cuales asimismo le juzgan y le prejuzgan puesto que tampoco tienen a mano todos los elementos de consideración.

Un función psicológica del prejuicio sería la de un escudo que se blande para proteger algún elemento intrapersonal. Quizás su autopercepción de identidad o la percepción de lo que es aceptable moralmente para él.

Todos tenemos una brújula moral dentro de nosotros. No aceptar esto es negar la realidad. Incluso los que no se adscriben a ninguna moral practicada históricamente .Ya hablábamos al principio de este texto que emitir un juicio es principalmente discriminar el bien del mal por lo que ya deberíamos advertir que, a pesar de esa idea que sobrevuela las creencias actuales que denigra la misma idea de moral, el ser humano se mueve en un ámbito moral en cada una de sus decisiones y de sus pensamientos. Está integrada en su sistema de pensamiento como un hecho fundamental de base. Cada época histórica, cada sociedad y cada persona tiene su propia visión moral de las personas, la vida y el mundo.

Hoy en día, en este mundo novísimo en el que todo quiere acuñarse por primera vez y que está en la permanente búsqueda de un progreso adanista, como decíamos, se reniegan de las morales practicadas históricamente, en la consecución de una nueva manera de entender y practicar la vida misma, y, con ello, se configura una moral que se pretende nueva y que se pretende no-moral en el sentido de que no se autorreconoce como una más sino que se pretende otra cosa. Sin embargo, la amoralidad llevará asociados unos valores, así como la inmoralidad o esta nueva hegemonía moralista que procura que no se le llame moral sin que, de momento, exista una palabra para designarla pero que no deja de ser otra interpretación del mundo, del comportamiento de las personas y del valor y el sentido de la vida humana. Exactamente como cualquier otro planteamiento moral.

Esta nueva moralidad ha sido edificada en las mentes de las personas a través de los Medios de Comunicación de Masas y los planes educativos, en un sistema que se autorreplica, siguiendo el modelo gradual de la rana en la olla. Convertida en la moda más practicada, se entiende a sí misma como un laissez faire para sí misma y una condena para los demás. ¿Qué es un prejuicio según hemos visto?: una condena a priori, por tanto un acto de injusticia e incluso de maldad. Sin embargo, los que azuzan son señalados por los demás (los que dicen que no los tienen, los liberados) siguiendo el mismo esquema; una intolerancia ex ante sin tener elementos suficientes y pretendiendo que se les ajusticie, esta vez mediante el escarnio público y el ostracismo social como castigo como demuestra que exista la cultura de la cancelación.

Ambos, condenan a priori. La diferencia sólo está en el punto de vista en el observador atribuyéndose ambos la razón y la primacía de su ideal. Ambos practican ese razonamiento ex ante para su heurística antes de emitir opinión.

Lo que trato de explicar es que mediante el lenguaje se produce una subversión de los valores simbólicos. El que ostenta unos prejuicios determinados y no otros es condenable pero el hecho de que utilicen el mismo proceso mental para justificarlo no importa y a cambio sí les faculta para castigar y les coloca en una posición de superioridad moral. Entonces, los hechos que se produzcan a continuación están justificados.

Desde mi punto de vista, lo adecuado con los prejuicios de los demás es tratar de entender cual es su origen para poder entender otras visiones en un frío análisis. No para justificarlos o combatirlos, si no porque sin el conocimiento de donde provienen no se podrán comprender y a partir de ahí, pensar en estrategias para llegar a un nuevo hito del razonamiento lógico que despeje el camino y nos haga avanzar.

No hacerlo nos coloca en el mismo peldaño de la escalera juzgando lo intrínseco por lo extrínseco. La valoración moral de unos prejuicios execrables por otros deseables y no otros, acaba convertido en un acto reflejo más. La ostentación pública de la condena o alabanza del prejuicio, de la muestra de un prejuicio concreto y de la imposición de unos valores morales ocurren de manera bidireccional (ambos lo hacen) es una evidencia del Signo de los Tiempos: el de la pura apariencia en una constante búsqueda de la autoafirmación de la propia identidad aun a costa de negarles a los demás lo que nos atribuimos a nosotros mismos o viceversa utilizando el mismo argumento conceptual.

Y no deja de ser revelador que al hablar de la dignidad de las personas (que es fundamentalmente lo que tratan de salvaguardar estos insospechados guardianes) se la arrebaten al adversario al estereotiparlo y con esto, ellos mismos también la pierdan.

Esta inversión de los valores simbólicos aplicándolos ad hoc según la persona y el objeto del pensar va más allá del lenguaje en antinomias que describía Orwell en 1984, donde la paz era la guerra y la verdad era la mentira, etc. Es directamente un control mental basado en la doble moral, en la que se aplica a los demás lo que no se aplica para uno y se aplica a uno lo que no se aplica a los demás.

Si no le gustan mis principios tengo otros, decía Groucho Marx. Ahora es: tengo unos principios para cada situación particular y si no te gusta esta circunstancia eres un problema.

Con todo, esto no quiero entrar a valorar que no hayan ideas prejuiciosas que son objetivamente negativas y precursoras de situaciones dolorosas para alguien. Yo mismo, soy una persona que por su familia primero y después por mí mismo, mi vida y situaciones sufrí, he sufrido, sufro y sufriré juicios y prejuicios.

Quizás por eso, me permito hablar de estas cosas sin miedo ni pudor, porque conozco el asunto. El tema no son los prejuicios creo yo. Siempre han existido y siempre existirán: son productos de emociones humanas como el miedo o el egoísmo, el deseo o el rechazo. El problema es que se considere prejuicios unos temas y no otros y que se acepte con total normalidad el prejuicio positivo, también unos por encima de otros.

Esto es un dirigismo interesado que destruye a la sociedad, a las personas y a la moral que necesariamente impregna cada acción humana. Y con ello el control que alguna vez tuvimos sobre nosotros mismos. El amor al prójimo, convertido en estandarte, se vuelve un arma arrojadiza. Muere el debate y con ello el progreso.

La vida me ha enseñado que más que por lo que dicen, lo que son o parecen ser, a los demás se les juzga por lo que hacen: obras son amores.

Y con eso, yo mismo, lo confieso, sí tengo prejuicios.

Cuando dejas de ver la televisión

Cuando llevas el tiempo suficiente sin ver la televisión los días y las noches se alargan, comienzas a masticar el tiempo de vida y, tarde o temprano, te das cuenta de que la vida está fuera de las pantallas y que hay que fruirla adecuadamente.

Comienzas a observar en las relaciones sociales que los demás hablan todos de los mismos temas y que tienen unas pocas opiniones básicas para describirlos de un modo u otro; que hay una estandarización de las creencias de la gente y que la igualdad que promueven los políticos, en realidad, debe ser esa pues son ellos los que directamente se benefician.

Cuando abandonas la estandarización, te conviertes en un ser extraño para los demás, los cuales, hablan de personas que no conoces y tienen ideas que, en retorno, los convierten en todavía más extraños para ti.

Tarde o temprano, comienzas a desarrollar hobbys y, con el tiempo, por la necesidad de ocupar el tiempo en algo que te divierta descubres cosas que ni imaginabas que existían.

Dicen que la ficción imita la realidad pero cuando llevas el tiempo suficiente sin ver televisión empiezas a observar que las personas (que son reales) imitan la ficción y ni se dan cuenta de ello.

Cuando llevas el tiempo suficiente sin ver la televisión, tarde o temprano, te enfrentas con tus propios demonios internos al estar a solas contigo mismo más tiempo que nunca antes y, te perdones o te condenes, tarde o temprano, comprendes que es necesario enfrentarse a ellos para comprender tu vida y a los que te rodean.

Observas cambios repetidos cíclicos en la vestimenta e, incluso, en las ideas de la mayoría de las personas y acabas por entender que las modas son algo ridículo y descartable que no aportan nada a la esencia misma de la humanidad; probablemente porque las corporaciones han dejado de influirte con su publicidad.

Te sientes más seguro por las calles, más confiado en que la bondad existe, tienes menos necesidad de acumular propiedades, te preocupas menos por tu aspecto exterior.

Paulatinamente, comienzas a abandonar las ideas que te habían implantado o, al menos, te resultan contraproducentes y consideras reelaborar tu ideario vital por lo que comienzas a buscar referentes fuera de las celebridades oficiales.

Cuando tras un tiempo prolongado de abstinencia vuelves a verla, te resulta irritante, falsa y una pérdida de tiempo. Además, te acabas compadeciendo de los que son adictos a ella.

Tarde o temprano, tu escala de valores no coincide con la de los que te rodean y sientes la necesidad de conocer personas nuevas que te abran otras ventanas al mundo. Gente como tú. Gente que acabas descubriendo que existe.

Seguramente, restringir enormemente el tiempo que paso viendo televisión haya sido una de las mejores decisiones que tomé en mi vida. Si sigues mi ejemplo, no verla no significa que vayas a ser mejor persona automáticamente; para ello se necesita una voluntad auténtica de mejorar día a día y, sobretodo, ponerse a ello. La teoría sin práctica es un huevo vacío: nada nacerá de él.

Lo que ando intentando ahora, es restringir el tiempo que paso en la Red pues una exposición imprudente genera los mismos problemas que los de la televisión. Es Internet una herramienta maravillosa que hay que aprender a utilizar correctamente y una cosa es un darse cuenta de que es a nosotros a quienes nos corresponde la responsabilidad de cultivar nuestra propia visión del mundo y otra convertirse en un ermitaño. No tendremos con quién compartirla.

Los humanos somos seres sociales, puedes alejarte del mundo una temporada pero tendrás que volver a él en un momento u otro, los náufragos acaban por perder la cabeza y quizás porque la sociedad actual está en un proceso de naufragio ha aceptado unas ideas tan retorcidas como ideario vital sin percatarse y aún menos extrañarse.

La lucha contra la opresión empieza en un plano individual antes que social. Si no somos capaces de liberarnos a nosotros mismos, ¿cómo podremos liberar a los demás?

¡Al loro!

Hacerle un simpa a Dios

La mayor Ingeniería Social que se ha producido en la historia reciente de la Humanidad y de la que emanan todas las demás es sin duda la sustitución del amor al Todo por el amor al dinero.

El dinero se ha convertido en el Dios que explica, clasifica y cuantifica todo. A todo le asigna un valor mensurable, no sólo a cosas tangibles e intangibles, si no incluso a las personas, sus ideas, sus acciones; esto es, tanto intrínsicamente como extrínsecamente.

Siempre había habido avaros, no me malinterpreten. Hablo de algo más profundo y es de que como Dios pasó a ser el centro de la sociedad, la filosofía y las personas en el Medievo; al Hombre, a partir del Renacimiento y, hasta hace no demasiado, al dinero-dios como medida de todos las cosas.

Y no le calza mal, precisamente por su carácter cuantificador y clasificador. Quizás por ello, ha sido asumido con tanta naturalidad, incluso en sus consecuencias más nefastas, por tanta y tanta gente.

Y éste cambio de paradigma no hubiere sido posible sin la aparición del Nihilismo a finales del S.XIX que llevó en el S.XX a Auschwitz, Hiroshima o El Gran Salto Adelante de Mao, hasta finalmente la sociedad de consumo y la sociedad actual, donde los seres humanos son considerados en sí mismos productos para el Big Data, e incluso, en sus propias relaciones interpersonales.

Decía Viktor Frankl en su libro Homo Patiens (1950) “lo que se llama Nihilismo, la esencia de este no consiste, como suele creerse, en negar la existencia; en realidad no niega la existencia o, mejor dicho, la existencia de la existencia, sino EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA. El Nihilismo está lejos de afirmar que no existe nada; pretende más bien que la realidad no es más que esto o aquello a la cual es reducida o deducida en su correspondiente concretización”.

Esto es, el Nihilismo vacía la experiencia humana de sentido trascendente que se rellena con los ideologemas con los cuales se trata de dar explicación a los asuntos humanos; incluso a su sustancialidad relevante. Frankl defiende que este proceso acaba en un fisiologismo, un psicologismo y un sociologismo.

Hoy en día y para el futuro, podríamos añadir un cuarto aspecto de reducción de la experiencia y sentido de la vida humana que es el del tecnologismo. Así lo demuestra los intentos de Harari de reducirnos a un mero algoritmo biológico como elemento de un intento de maridaje del ser humano con la biotecnología y los nuevos materiales hacia el hombre cyborg del Transhumanismo y el Dataismo.

Unas tendencias filosóficas y existenciales de consumo que, una vez más, estarán definidas por el Dios-dinero y el dominio de los medios de producción de información y de su transmisión. Quién no tenga libre acceso a ellas quedará marginado de la sociedad.

Esta negación del sentido de la vida es la causa del vacío existencial imperante. Negar, asimismo, la trascendencia de la vida, su importancia en tanto existente, sintiente y pensante es un disparate contra la esencia misma de la realidad. ¿Se puede con el tecnologismo de Harari responder a la pregunta más básica de la filosofía desde los albores de la Humanidad? Esto es: ¿por qué hay algo en lugar de no haber nada?

Cualquier sistema filosófico que desprecie la ontología más básica es tan sólo un marasmo. Una nueva forma de manipulación y control social que no explica nada que sea sustancialmente metafísico. Así es fácil que el sentido de las causas y acciones queden al amparo del tirano o la mentira de turno. Quizás por ello a Harari lo recomiendan criminales como Gates, Schwab u Obama.

El cambio de paradigma del dinero como centro de todas las cosas ha permitido, mediante sucesivas ingenierías sociales, desacralizar a los seres humanos, la vida, la naturaleza y, con ello, los valores eternos que comparten todas las civilizaciones. Al vacío existencial resultante se le intenta denodadamente de llenar de un consumo de experiencias que no funciona pues la esencia básica del ser humano es su deseo de trascendencia; el preguntarse que hay más allá, qué misterio puede resolver, qué significa que haya algo. Todo lo demás, es la pura intrascendencia hecha reclamo publicitario de un Adanismo convertido en una recreación de un mundo novísimo que desprecia todo lo anterior a través del ya citado tecnologismo. Y así, vivimos hastiados, inermes y sin capacidad de reacción.

De hecho, esta necesidad de trascendencia se ha lateralizado en una idolatría de aspectos puramente subjetivos convenientemente potenciados por las modas a través de los medios de comunicación. Hoy los ídolos a adorar son los personajes públicos (deportistas, actores, cantantes, políticos, etc y etc) y los mitos posmodernos como el éxito personal llevan a lateralizar esa idolatría en nosotros mismos a través de elementos como la belleza, el estatus o la fama; en una imitación de los ejemplos que nos muestran a diario.

Lo cual no elimina la necesidad de trascendencia, solo la desplaza. Al ser el vacío existencial el estado anímico básico, la necesidad de consumir más y más puesto que la sensación de placer se desvanece tan pronto como se consume, fuerza con ello la necesidad de tener más dinero (que permitan la repetición de experiencias) que se convierte en el deseo primario del que fluyen todos los demás.

Aquí la trampa es el concepto. Y con cada concepto nuevo que es lanzado a través de los medios de comunicación se pone una trampa nueva en una espiral de trampas que explican la transformación total de la moral y las costumbres en un viaje desconocido pero con rumbo definido por los Ingenieros Sociales.

Cuando vemos, en el trascurso de una misma vida que, muy a menudo, las malas acciones tienen funestas consecuencias cabe preguntarse si hay un sentido oculto en la importancia de existir ya que podemos comprobar en nosotros mismos que hay una ley moral en nuestros corazones. Un sentido que no hemos descubierto y que si la especie humana ya lo hizo, nos ha sido robada. Quizás por ello, hay tanta gente que ya no puede sentir esa ley moral, enterrada bajo la necesidad de seguir sintiendo para encontrarle un sentido a su vida; bajo el impulso egoísta radical del placer.

Eso hace del placer el Telos de la vida. Una vida que se quiere explicar como un puro mecanicismo en el que nada trasciende, donde no hay nada supremo, salvo el dios-dinero que pone en marcha todas las palancas. No hay consecuencias, solo acciones sin significado profundo.

Para gustos , colores, se suele decir. Qué decir de la infinidad de variantes en las que pueden estar distribuidas las percepciones del placer. Tanto es así, que el punto de vista subjetivo define cada acción moral y, así, vivimos en la moral del placer utilitario personal.

Quizás por ello, ya son aceptados como válidos comportamientos que antaño estaban valorados como negativos como la desconsideración, la desvergüenza y un cinismo que ha impregnado todo como un tinte. Actos en que, por mor del cambio de visión en la moral, se pueden llegar a percibir como aceptables e incluso valiosos. Incluso pueden ser prestigiosos, siempre que sean productores de placer.

Es el prestigio un halo, una tarjeta de presentación que levanta muchas barreras. Por ese motivo mucha gente pugna por él en la sociedad tecnotrónica naciente. Es otra puerta al placer y al dinero.

Inconscientemente, todos quieren brillar. En la red social, en el trabajo, en la reunión de amigos o familiar; emular a los personajes cool que ven a través de las pantallas (da igual que sea grande o pequeña) que marcan la tendencia a seguir. Los signos de distinción son elocuentes en tanto son percibidos por los demás y también por uno mismo. Tan efímeros que requieren de una batalla constante por figurar puesto que es lo que produce la identidad autopercibida cuando tiene su correspondencia en likes reales o digitales.

Así, el ser humano, se convierte en un producto más al albur de las fuerzas del mercado, de las redes sociales y, en lo concreto, del feedback interpersonal en el tú a tú. Un branding de sí mismo para vender que el sesgo publicitario en el otro debe confirmar puesto que si no es así se arriesga a ser cancelado en la vida no sólo virtual sino analógica. Ambos, deben confirmar la formación de su propio autoconcepto deseable en el que somos una marca más para los demás. No sólo se trata de como les hacemos sentir sino del valor asociado a nosotros mismos que nos otorga el ajeno.

Los que no entran en el juego o no son aceptados son los nuevos parias en un efecto indeseado de diferenciación social y distinción simbólica de clase. En el fondo una objetivización más del placer del anhelado prestigio social.

Adoctrinados en la necesidad de venderse a uno mismo como un producto en el mercado de las relaciones interpersonales y ya que en el Relativismo Moral no hay verdad objetiva, esto permite un laissez faire ético. Entonces, la desconsideración y el desprecio de lo diferente como marginal se potencian para dar lugar a una actitud muy en boga que es la del cinismo en un enfoque utlitarista en el que se consumen valores al tiempo que se destruyen, en un ambiente dominado por la depredación en la escasez.

El afecto ya no es creíble ni perdurable. Puede ser cancelado en cualquier momento sin ninguna explicación (Ghosting). Lo que no da placer inmediato y estable es descartado sin contemplaciones; en una aberrante distorsión de un clasismo mal entendido en el que se posee (como el dinero) para consumir cualquier aspecto de la vida.

El consumo es la satisfacción de las necesidades. Esta satisfacción es la base de la elección y las necesidades son artificialmente provocadas en un juego de suma infinita en el imaginario colectivo por la propaganda.

Al final, todo acaba en una reificación constante y totalizante pues a todo se le pone un precio y el valor es algo tangencial y relativo al momentum preciso quebrando las voluntades y moldeando el mundo y las personas: es el espíritu santo con el que nos bendice el dinero-dios.

Así, cuando el tecnologismo haya abarcado el mundo entero, la conciencia de los seres humanos no entenderá de metafísicas trascendentes sino de cosificaciones concretizadoras deshumanizantes en el que todo estará medido y controlado; incluso el espirítu humano, el cual, tendrá un carácter de producto manofacturado con las opciones de crecimiento personal que tengan a bien ofrecernos los que mueven los hilos de quienes mueven nuestros hilos hasta que rijan para nosotros las leyes del mercado en los aspectos más insignificantes de nuestras vidas. Control, cuantificación del control y un imaginario colectivo estandarizado y previsible en una pirámide copas en el que correrá el champán hacia abajo como un maná vivificador y alienante.

Y de este modo, pretenden hacerle un simpa a Dios, al karma, al universo, al destino, a la naturaleza o a lo que crean en el fondo de su corazón (quizás entidades ignotas para nosotros perdidas en la Historia oficial) pues ellos sí conservarán su deseo de trascendencia, su (in)humanidad y sus infinitas cuentas corrientes pues la sociedad alienante es sólo para nosotros como si sus actos no tuvieran consecuencias para ellos mismos más allá del placer del poder.

El poder de jugar a ser un dios para finalmente ocupar su lugar en una OPA hostil que promete un gran desastre.

Nosotros somos el Imperio del Mal

Hubo muchos imperios a lo largo de la historia pero ninguno tan cruel, despiadado y ladrón como Occidente y aunque es injusto cargar toda la culpa sobre todos los países que, como tales, lo conforman, si es justo ponerla contra los lideres de todos ellos y, como no, sobre una buena parte de sus indolentes poblaciones de estómagos llenos; quienes les han permitido toda esta locura puesto que obtienen el beneficio de poder seguir con sus vidas grises y egoístas con las migajas de riqueza a las que les han permitido acceder.

Actualmente Occidente es el poder de la oligarquía anglo-americana. Los demás países basculamos entre satélites y protectorados; aunque nos beneficiamos de estar bajo su paraguas, somos sus secuaces a través de la OTAN; la cual realiza injerencias todos los días en terceros países y tiene bases militares, laboratorios de armas químicas y biológicas además de silos de armas nucleares por todo el mundo.

La ONU sólo es un campo de operaciones más. Occidente tiene mayoría de votos, mediante su influencia, en el consejo de seguridad y solo la opción del veto ha permitido que el mundo entero no salte por los aires; aunque no será por las ganas que le ponen los fabricantes de armas con sus lobbys. Ese sector de la industria para la cual el sacrificio de una vida humana se mide en beneficio económico.

La Historia de Occidente es sinónimo de guerras ¿Cuantas guerras han ocurrido durante el S.XX? ¿Cuantas hay hoy en marcha y qué países participan? Es una vergüenza que no sea una emergencia mundial tratar de solucionarlas. Y digo solucionarlas; no “llevarles la democracia”.

No somos como el Imperio Romano que dejaba un legado en sus territorios conquistados. Nuestro legado son guerras, hambre, muerte, destrucción, residuos, contaminación, desesperanza y miseria allá donde llegamos; cuando nos vamos, dejamos un páramo ingobernable y eso es así tanto en la guerra como en la paz a través de la colonización económica en la globalización.

Pongamos un par de ejemplos para algún que otro siglo lleno de ejemplos múltiples de toda índole.

La Historia de la colonización del mundo por Occidente es una historia de pesadilla. En África dibujamos unas fronteras injustificables y que aún a día de hoy son causa de muchos conflictos armados de los cuales no tenemos idea puesto que nuestros medios de comunicación no nos informan salvo que exista algún tipo de interés oculto y asqueroso del que, si acaso, tendrán conocimiento nuestros nietos. En el continente hay muchas tropas de la OTAN y de la ONU y se han filtrado informaciones que apuntan a escándalos inconfesables. Para poder llevar a cabo las agresiones militares les vendemos armas y financiamos dictaduras para que nuestras corporaciones puedan extraer sus fabulosos minerales a un precio ridículo. Eso sí, no les condonamos las deudas; ya se sabe como son nuestros bancos.

Cuando en nuestras fronteras se agolpan los emigrantes subsaharianos no tenemos derecho a mirar a otro lado. Cuando la población occidental todavía era idealista pedíamos el 0’7% del PIB nacional de ayuda al tercer mundo. No se consiguió nada, la gente ya se olvidó y hoy en día el idealismo está considerado un rasgo de estupidez.

En Irak dejamos más de 2 millones de muertos y un país arrasado por un casus belli que después del desastre se demostró falso; los lideres occidentales habían mentido al mundo entero de manera continua hasta comenzar la guerra. Nadie ha denunciado ni reclamado un juicio en el TPI a esos miserables por crímenes de lesa humanidad y la mayoría de nosotros parece que no hemos tenido ya suficientes ejemplos en la Historia como para darnos cuenta de que todas estas contiendas se inician con mentiras de manera recurrente.

Todavía recuerdo la multitudinarísima manifestación de Barcelona del 2003. Se llegó a decir que acudimos 1’5 millones de personas oponiéndonos a la II Guerra del Golfo. A lo que hay que sumarle muchas otras por todos los rincones del “mundo libre”y el del “otro”. Ningún dirigente tomó nota salvo para acelerar el proceso de idiotización de masas. Los lideres no tienen en cuenta ninguna manifestación en España desde entonces .¿Si hubo tantos manifestantes y ningún perjuicio para sus planes a qué no podrán aspirar después? ¿Cuanto debieron importarles las del 15M?

Cabe decir que desde entonces quedó demostrado que las manifestaciones multitudinarias ya no son consideradas una expresión de descontento y una guía para los gobernantes sino tan solo la espita de la olla a presión para que el vulgo se sienta reconfortado y crea que los valores democráticos siguen vigentes. Los tambores, los disfraces y las pancartas chachis sólo son una caricatura ridícula de oposición. Los líderes occidentales, como se demuestra, desprecian a todos, sean del extranjero o de su propio país. Se nota que tienen muy desarrollada la conciencia de clase. La suya, claro.

A través de los medios masivos de información nos hablan del eje del mal, de los países canallas, de dictadores, de señores de la guerra. Sin embargo, la verdadera realidad es que SOMOS NOSOTROS EL IMPERIO DEL MAL por mucho que las películas de Hollywood nos mostraran triunfantes, heroicos, justos y libertadores contra unos enemigos que se turnan según la próxima contienda que quieran iniciar desde las altas esferas.

Años y años de propaganda interminable nos ha hecho creer que la guerra es una película donde ganan los buenos y ni siquiera se despeinan. Hoy en día , los jóvenes occidentales creen que la guerra es el Call of Duty, el Fortnite o un reportaje en el Telediario ¡Qué sorpresa se van a llevar! Solo era la propaganda necesaria para que nunca sospecháramos que somos los malos en la vida real, QUE HEMOS CONVERTIDO EL MUNDO EN UN VERTEDERO EXISTENCIAL.

En el resto del mundo nos temen y odian a partes iguales, nos envidian y nos desprecian, ¡quién podría culparlos! Nuestros estados destrozaron los suyos con un importe en vidas humanas, infelicidad, pobreza e incultura mientras sus medios de comunicación les transmiten que aquí atamos a los perros con longanizas y que vivimos en la utopía. Medios, me imagino, pagados con dinero occidental, y en los que se ofrece una imagen de Occidente totalmente idealizada y mentirosa; lo cual alimenta una creencia desesperada debido al estado paupérrimo en el que viven. Que no se quiebre tu espíritu cuando te mueres de hambre o abusan hasta límites inconcebibles de ti y los tuyos es algo reservado a almas muy grandes. Vienen a buscarse la vida pero el odio que nos tienen está ahí y es posible que surja por algún espacio. Especialmente, cuando bastantes de ellos vienen aquí a integrar las filas del lumpen.

No tenemos derecho a culpar a otros países, creyendo que son los más poderosos los únicos culpables. Unos por acción, otros por omisión y todos involucrados de un modo u otro. Todo Occidente culpable.

No te dejes engañar, Occidente es el Imperio del Mal y hemos llevado la maldad sistemática a un nivel de terror tecnológico, económico y global como ningún otro imperio y NO ADMITIMOS COMPARACIÓN ALGUNA en la Historia conocida de la humanidad.

Nosotros somos el problema. Los mensajeros de la iniquidad en el planeta. Los portadores de la desgracia. Tras tantos años de horror solo podemos engañarnos a nosotros mismos. Al resto de civilizaciones ya solo podemos venderles un spot lleno de falsedades publicitarias.

En este momento en que la guerra económica arrecia sería justicia poética que se hundieran nuestras economías y nuestra sociedades. Experimentaríamos un tremendo sufrimiento y dolor pero quizás sería la catarsis necesaria para que cambiáramos el curso de nuestra Historia desde un enfoque más humano y pacífico en el que pongamos al servicio de todo el planeta nuestras capacidades como civilización. Todas las grandes ideas y movimientos que nos han conformado desde la Antigua Grecia a la Ilustración pasando por el Catolicismo o el Renacimiento se basaban en algún modo en un afán de universalidad y la bonhomía. Algo que ha sido totalmente subvertido, e incluso, pervertido.

Pudiera ser que transformara la visión que tiene el pueblo sobre los efectos de las políticas que se han llevado a cabo desde que Occidente rige los destinos del mundo. Un mundo que como claman desde otros países debe ser multipolar y respetuoso con el derecho de todos a llevar una vida digna y en paz. Quizás la masa occidental tomaría conciencia de sus semejantes ya se encuentren al doblar la esquina o en algún lugar remoto al otro lado del planeta; aunque existe el peligro de que cuando se deprime socioeconómicamente una sociedad, se deprime en todos los aspectos, incluyendo los valores compartidos, así como la solidaridad.

Seguramente es un riesgo que debamos correr para que quizás entonces tengamos una oportunidad ya que actualmente y desde todos los frentes Occidente representa el peligro principal para nuestro futuro como especie.

Y vamos tarde reconociéndolo desde dentro.

El Teatro de la Indignidad

La diferente oferta de partidos políticos están basados en su aparente ideología a las cuales se adscriben los diferentes medios de comunicación.

Esto es sólo parte del Teatro de la Indignidad.

Vivimos en un totalitarismo pos-ideológico y ya da igual quién gobierne. Los gobiernos NO RESPONDEN A UNAS POLÍTICAS IDEOLÓGICAS, SÓLO DE GESTIÓN y en todas las partes del “mundo libre” se aplican las mismas políticas con pequeñas variaciones gobierne el color que gobierne. Sólo hablan de ideología como publicidad propagandística en campaña electoral o como soflamas calma-electores cuando aplican medidas cuanto menos controvertidas. La ideología ha muerto en la Realpolitik pero sigue vive como propaganda para las mentes de la gente corriente ¡Viva la ideología!

Los medios llevan todos en sus principales noticias las mismas con titulares prácticamente calcados (puedes comprobarlo por ti mismo) como si el mundo no fuera lo suficientemente intrincado como para que no pudieran haber múltiples enfoques sobre cual es la noticia principal. Esta uniformidad (junto al adoctrinamiento al que hemos sometido en las aulas durante nuestra niñez y juventud) es el basamento del pensamiento único. Cambia alguna interpretación sobre la noticia según el medio pero la importancia está en la noticia en sí como modulador de la agenda que se pretende impulsar tanto en los medios como en las aulas.

Los medios han perdido credibilidad en la era de internet y son deficitarios económicamente en su mayoría, siendo asistidos artificialmente con subvenciones y publicidad institucional.

Además los periodistas trabajan en unas condiciones pésimas. No hay lugar ni tiempo para la reflexión; solo buscan los clics como referencia de cara a las agencias publicitarias, ya que nadie lee nada salvo el titular; mientras tanto los espectadores corrientes se informan a golpe de redes sociales, memes virales y telediarios televisivos. En los cuales se vive una soterrada batalla por ganar el relato oficial sobre los acontecimientos entre estados, servicios de inteligencia y corporaciones.

Decía Edward Bernays en su libro Propaganda: “Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas, son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar”. Y también: “la alfabetización universal ha brindado al hombre sellos de goma, sellos de goma tintados con eslóganes publicitarios,con artículos de opinión, con publicaciones científicas, con las banalidades de las gacetillas y los tópicos de la Historia, pero sin el menor rastro de pensamiento original”. Añadía, además: “La primera página del New York Times en el día en que escribo estas líneas contiene ocho noticias destacadas. Cuatro de ellas, es decir la mitad, son propaganda. El lector indolente las considerará como crónicas de sucesos espontáneos. ¿Pero lo son?”. Esto en se publicó por primera vez en 1928. ¿Cuanto habrá mejorado la técnica propagandística en casi cien años?

Hoy día expertos en finanzas rastreando documentos han llegado a la conclusión de que el 90% de los medios mundiales (me imagino que del “mundo libre”) están en 5-6 manos. Lo que han dado en llamar fondos buitre (Vanguard, Fidelity, State Street y sobretodo Black Rock) son los propietarios de estos medios de información. Estas empresas son las que dominan las bolsas de todo el mundo y los que la hacen subir y bajar, despeñarse o alcanzar el cielo a los valores bursátiles; se hicieron con los medios de información masivos en la Crisis del 2008 cuando ante una crisis de deuda impagable los compraron con su abultadísima billetera.

Hubo un hombre con bigote muy malvado que escribía en su libro prohibido: “Aquello que de ordinario denominamos ‘opinión pública’ se basa sólo mínimamente en la experiencia personal del individuo y en sus conocimientos; depende más bien casi en su totalidad de la idea que el individuo se hace de las cosas en la llamada ‘información pública’, persistente y tenaz. La prensa es el factor responsable de mayor volumen en el proceso de ‘instrucción pública’. A la cual, en este caso, se le asigna el nombre de Propaganda; la prensa se encarga ante todo de esta labor de ‘información pública’ y representa así una especie de escuela para adultos».

Ya sé que este hombre no es muy popular. Sin embargo, el fragmento que apunto es tremendamente revelador. Otro amigo suyo inventó y aplicó el modo de alienar a través de la propaganda masiva a todo un país llevándolo por el camino de la autodestrucción y desde entonces se ha convertido en el modo de actuar habitual de los poderosos desde sus atalayas (por mucho que les ganaran una guerra para salvar el mundo) y VIVIMOS EN UN ESTADO FASCISTA DE ROSTRO AMABLE Y PUÑO DE HIERRO.

En esta (no declarada) III Guerra Mundial híbrida o de 4ª generación -económica, jurídica, cibernética y de información, con puntos calientes como Ucrania, Yemen o Siria-, la cual está llegando a su clímax, los gobernantes títeres de los hombres ocultos de los que hablaba Bernays ya se están quitando la careta y promulgan leyes como la Ley de Seguridad Ciudadana o la Ley de Seguridad Nacional que yendo contra las Constituciones del “mundo libre” destruyen los derechos fundamentales que en ellas se marcan sin que ningún medio de información avise a sus conciudadanos de lo que significa para nosotros y nuestro futuro, del poder tiránico que representa y de como la aparente democracia ha saltado por los aires (y pronto recogeremos los frutos de esa cosecha).

Como apuntaban Bernays y el señor del bigote, los medios moldean nuestra visión del mundo y se convierten en nuestra primera referencia para organizar nuestras vidas. Sin embargo, ¿responde a esta interpretación a los hechos fidedignos?¿Podemos averiguar por nosotros mismos qué nos beneficia y qué nos perjudica?¿Somos un rebaño manipulado al cual dirigen nuestros pastores hacia un buen fin?

La realidad es que NECESITAN NUESTRO CONSENTIMIENTO. En el Teatro de la Indignidad, si no obtienen nuestra aprobación el chiringuito se les podría hundir a los poderosos. En la democracia liberal de medios de comunicación instantáneos y elecciones electorales, nuestra aprobación es la clave de bóveda para que nos lleven al matadero sin que las ovejas nos tornemos lobos. Y ésta es la razón principal del Teatro.

El otro día escuchaba a un periodista decir que la violencia machista era el peor problema de esta sociedad. No pude soltar ni una carcajada ni indignarme siquiera. Digo esto porque mientras el susodicho señor hablaba de sobre 50 muertes al año, más de 3000 personas al año se suicidan en este país por la falta de un horizonte digno y por EL HORROR DISTÓPICO EN EL QUE SE ESTÁ CONVIRTIENDO OCCIDENTE. ¿No hablarán acaso porque se evidenciaría todo este Teatro de la Indignidad con el que nos manipulan?

Pero desde el más acá, ¿por qué no se habla de los suicidios? Según han confesado los propios periodistas para no aumentar el problema por un efecto de imitación (que no parece importarles con el primer problema mientras no dejan de repetirlo incesantemente por sus altavoces). Al parecer la orden viene de altas instancias.

Y digo yo, ¿son las mismas altas instancias que imponiendo sus reglas les dan las subvenciones y les pagan la publicidad institucional? Porque hasta los más tontos sabe sumar 2+2 ,y ya entonces, se tiene que dar cuenta usted, querido lector, que los medios de información ni son un el 4º poder ni un contrapoder ni gaitas. Son el altavoz de las Instituciones que comandan los tiranos que nos gobiernan para sus cortinas de humo, sus repeticiones propagandísticas de mensajes simples, su sociedad de hiperconsumismo, y demás ingenierías sociales CON LAS QUE NOS AGREDEN, convertidas en modas automáticas de fácil deglutir para mantenernos sofronizados y puedan seguir con sus planes adelante. Medios y poder están en una connivencia diccionaria.

Las famosas puertas giratorias tienen también niveles, como en un ascensor, y el nivel de connivencia entre partidos políticos, sus líderes y los amos de éstos más los medios de comunicación y sus periodistas y propietarios es diáfanamente claro. ¿Qué no harán en esta repugnante colusión? ¿Qué no nos esconderán? ¿Hasta dónde llegará su manipulación?

Ahora, a través de sus webs la prensa oficialista piden dinero mediante suscripción para leer sus noticias. ¿Dinero para qué? ¿Para poder negarse a recibir los sobornos para su supervivencia? Ya no hay vuelta atrás, fueron compradas por el Mal y solo tienen tres finalidades: mentir para engañar mientras hacen dinero para llevar a la sociedad por el camino de los intereses de esos “semidioses ocultos”.

La alternativa es informarnos por las redes sociales donde valientes dan la cara para tratarnos de informarnos con una perspectiva distinta. Muchos son censurados cuando se acercan demasiado a la verdad; les borran sus vídeos, les cierran sus canales, les llenan los comentarios con mensajes perpetrados por troles pagados como mercenarios, etc…Porque así es, amigos, en el “mundo libre” EXISTE LA CENSURA. Abajo la libertad de expresión deben clamar en sus cónclaves mientras realizan sus ritos secretos.

Aún así, no deja de ser Internet parte del escenario del Teatro de la Indignidad y hay que andarse con mucho ojo antes de dar por cierto lo que allí se cuenta; pues allí trabajan los actores en conflicto con información, desinformación y contrainformación; en un juego de sobreinformación laberíntica de humo y espejos en el que no es difícil caer en la misma hipnosis que con los medios tradicionales.

El mundo se fue convirtiendo progresivamente en una distopía desde el golpe de estado del 11S. Cada vez más los seres humanos se alejan del ideal de sujetos autónomos con un lenguaje y un pensamiento que articulen el mundo en el que viven. Fue permutado por el pensamiento único que desde toda institución estatal o masiva constantemente somos bombardeados.

Somos esclavos y lo somos mediante nuestro consentimiento. Un consentimiento que obtienen por el triunfo de la comodidad, la diversión dirigida y las drogas legales (e ilegales), todo perfectamente ultramoderno y lucrativo. Cada 4 años nos llaman a votar y elegimos a nuestros tiranos particulares que se presentan con unos programas electorales que nunca cumplen. Tiranos que por otro lado, son manejados por gente que como decía Bernays, desconocemos. Y todo esto, dicen, que es por nuestro bien. Y lo dicen a través de los medios que alguien ostenta y paga mientras nosotros les damos sustento, cómplices, con nuestra atención.

¿No es trágico chiste que cada vez prometan más y el mundo esté cada vez peor? Y no se vislumbra aún el suelo en esta caída. A los que están detrás de bambalinas debe parecerles extremadamente gracioso.

Apaga la televisión, teme a los titulares de los periódicos, rebate a la radio. Y lee. Tan importante es leer como saber qué leer. Un libro te llevará a otro. Investiga en la red (incluso la red está mediatizada en esta guerra cibernética pero sigue siendo un instrumento fecundo por lo menos todavía), huye de las modas, levántate y camina como un Lázaro moderno al cual le están negando la vida. Estamos en la III Guerra Mundial desde hace unos pocos años. Los hombres de paja y los hombres invisibles están cada vez más expuestos. Puedes liberarte del control del Teatro de la Indignidad al menos intelectual y simbólicamente.

La información no es conocimiento por si misma. Se necesita pausa, reflexión, estudio, interiorización y formar una base de manera constante. En la mañana de la era tecnotrónica en la que nos encontramos hay que volver a las herramientas de conocimiento que alumbraron el mundo actual para reconstruirlo de modo distinto; puesto que las herramientas actualísimas que fueron concebidas por las anteriores, nos disminuyen y finalmente nos animalizarán.

Es hora de derribar a los testaferros e ir a por sus amos. Seamos la Humanidad que queramos ser. No las que nos impongan.

¡Muera el Teatro de la Indignidad!

Amor sin gluten

Antes (y no hace tanto) no había celíacos (o por lo menos era muy extraño y no se sabía). El gluten (una proteína) se convirtió de la noche a la mañana en un veneno y, sin dejar de ser curioso, lo que para unos es un veneno para otros (los sanos) es esencial para una correcta nutrición.

Cuando desde los altavoces públicos se fomenta el narcisismo ególatra que caracteriza a nuestra sociedad se ponen en marcha inusitadas consecuencias. En las relaciones de pareja significa que el antagonismo surge de modo persistente una vez desaparecido el enamoramiento. Pronto no se soporta al otro y todo el mundo acaba buscando la soledad. De hecho conozco alguna pareja que se basa en la necesidad de tener espacios de soledad que antaño se llenaban de sus compañías. Algo que debe contribuir a que los divorcios y la promiscuidad sean tan comunes hoy en día.

Es en la sociedad narcisista de la soledad donde todos acabamos empalagados de la compañía de otros seres humanos excepto si se produce la comunicación a través de la red; en los brillantes escaparates de las redes sociales, donde podemos expresar nuestra mismidad única. Allí donde se mantenga a salvo cierta intimidad que no queremos hacer visible.

Parece que empieza a importunarnos la presencia física de los demás, y aún más, nos cansa abrumadoramente el esfuerzo de tratar con los otros de un modo profundo. Quizás por eso, cada vez más estamos celosos de escondernos tras los muros de la soledad. Una soledad SELECTIVA de la que podemos escapar a voluntad para (la mayoría de las veces) volver a retrotraernos cuando estamos exhaustos de tanta compañía.

No en vano, cada vez se ven relaciones amorosas ad hoc según el interés en sus variables posibilidades: la disponibilidad de tiempo y espacio, el momento vital en el que se encuentran los contrayentes, las modas sexuales imperantes, etc… En la que más que compartirse, los amantes se reúnen con el fin de llenar los espacios de fruición de la soledad selectiva con los cuales pretenden que la locura del aislamiento no les alcance.

Esto a su vez es un síntoma del fracaso de las viejas usanzas de las relaciones amorosas. En la sociedad de Narcisos que habitamos, una vez desaparecido el enamoramiento, el antagonismo egóico surge con facilidad y ante el juego de poder que se produce a continuación sólo queda la explotación-sumisión o la ruptura no sin producirse un camino tortuoso.

Están los celíacos del gluten y están los celíacos del amor. Esos que no soportan la entrega propia, la comprensión de las debilidades, el entusiasmo por CONSTRUIR una relación más allá de ellos mismos; con las evidentes dificultades que ello implica de pensar a largo plazo y de solucionar problemas a medio/corto plazo que implican la lealtad, el perdón, la edificación de la confianza, la necesidad de justicia, el respeto mutuo y más aspectos que humanizaron las relaciones profundas a lo largo de la Historia del amor romántico y que hoy, en esta guerra espiritual que vivimos, se están diluyendo bajo el paraguas del interés inmediato.

Y es que pocas cosas han hecho tanto daño a la sociedad como la actitud y el pensamiento cortoplacista que rigen las vidas de una mayoría que tiene la actitud del cliente (un intercambio en el que debemos ser plenamente satisfechos) en todos los aspectos, tanto materiales como intangibles. Y que como un veneno, intoxican las vidas de ellos mismos y de los que los rodean.

Hay quien da y quien solo puede ingerir el amor sin gluten. Amor que no nutre y del que no se pueden nutrir, Tan solo consumir. Y que sale muy muy caro; hasta arruinar la vida, el bolsillo y el corazón. Amor al que le falta lo más esencial: la entrega de nosotros mismos sin ambages y ante el fracaso, un saludable fin en el que el perdedor no lo pierda todo.

De mis variados fracasos amorosos he aprendido que las relaciones de pareja nunca fueron sencillas y una buena convivencia es difícil de gestionar incluso en uniones de personas preocupadas por la felicidad intrínseca del otro. La clave del éxito es encontrar esa gente que sabe que la vida no es fácil, que todos tenemos nuestras zonas oscuras y que se esfuerzan desinteresadamente en llegar donde el otro no alcanza.

Poner intención en amar también es importante. De hecho, es el ingrediente básico, y cuando es recíproco, las probabilidades de que surja algo que podríamos llamar felicidad extática amorosa aumentan. Desde mi punto de vista este poner la intención en amar es el motor de la etapa del enamoramiento y la causa de que sea la época más feliz por antonomasia en una pareja. Por tanto, el esfuerzo en su mantenimiento resulta crucial.

La reciprocidad, eso que es tan difícil de encontrar cuando es expresión en la bondad y tan fácil de encontrar cuando es expresión en la maldad, debería ser la única esperanza que albergar cuando empezamos una relación llenos de buenas intenciones.

Sin embargo, en la sociedad del Relativismo Moral desde todos los frentes se influye para fomentar el egoísmo y la apariencia, dando como resultado unos individuos pagados de si mismos donde nada perdura; mañana debe y puede ser diferente de hoy en cualquier modo; la repetición aburre y el cambio es la norma; la necesidad del deseo colmado instantáneamente se convierte en frustración cuando nos habituamos a cualquier sensación y desaparece la excitación de la novedad; el deber se diluye y en su lugar aparece el poder. La frase “(no) me lo merezco” tan común hoy día ante una eventualidad desgraciada resulta reveladora como complemento de aquél spot que decía “porque tú lo vales”.

Y en la sociedad de consumo hemos pasado a consumir cualquier aspecto de nuestras vidas. Desde los profundos a los superficiales, desde los mundanos a los divinos. Y lo que se consume sólo existe para nosotros antes de consumir y mientras es consumido. Después es tan sólo una experiencia (nuestra) en la que la experiencia del otro sólo es un accidente. Algo desechable y desechado. Listo para ser reemplazado por la nueva consumición en una espiral que lleva a la destrucción del otro y, lo que es aún más estúpido, a la propia.

Eres muy raro

Hace tiempo que no me lo dicen. Sin embargo, durante mi juventud lo escuché en reiteradas ocasiones.

Quizás la edad te normaliza, quizás la rareza sea considerada hoy virtud en este mundo uniforme y de pensamiento único donde todos intentan destacar con alguna diferencia que, en mayor o menor medida, acaba convertida en un patrón común y que insensatamente creen que les hacen únicos. Hoy me llaman antisistema y lindezas semejantes.

Entonces (cuando lo escuchaba) recuerdo sentirme incomprendido y aislado y sólo con el tiempo y las repeticiones, pude darme cuenta de que donde decían rareza, decían diferente a lo que he conocido hasta ahora, a lo que veo cada día en la calle al salir por la puerta de mi casa. Sin embargo, nunca comprendí su sorpresa.

¿Extraño? ¿Raro? ¿Quizá extravagante? Sus mundos eran muy pequeños. La última vez que lo escuché me lo dijo una niña de 10 años cuando yo tenía 42. A día de hoy es el reflejo más certero de lo que eran ellos. Niños y da igual la edad que tuvieran.

Ya con el cuajo que da la edad, acerté a responderle a la chiquilla: ¿no querrás decir que soy único, extraordinario, difícil de encontrar, diferente? Todavía me río cuando recuerdo su cara de estupor.

Y es que en este mundo de modas pueriles, quien más y quien menos ya cometió alguna extravagancia inane bajo la promesa de diferenciarse de la masa. Algunos incluso rayando la estupidez.

Hoy en día la rareza o extravagancia ya no está en modos de pensar o sentir. A la plebe ya le da igual cualquier cosa bajo el lema del “do not get emotionally involved”. Si alguien no se adapta a sus esquemas lo rechazan e ignoran sin más. No hay interpelaciones.

Veo en la sociedad una tendencia a formar grupos entre los que manifiestan rarezas en común. Es más, veo como se enrocan en sus ideas desedeñando a otros grupos formando un magma de incomprensión mutua. En realidad, celebran la uniformidad de sus propios grupos mientras se autoengañan creyéndose virtuosos por sus rarezas.

La virtud siempre fue rareza. Posiblemente asimilen esta cuestión a sus propias opiniones y/o gustos. Sin embargo, la rareza NO es per se virtuosismo. Esto es un engaño que nos han colado las élites a través de los medios de comunicación de masas. Quizás para forzar aún más esa división entre las personas comunes (divide et impera) como con otras muchas cuestiones (derecha/izquierda, la más común y posiblemente la más maligna y manipuladora).

Hoy, mientras el mundo está a punto de arder por los cuatro costados (y por alguno ya está ardiendo) creo que nadie celebra la diferencia sino que celebra SU diferencia; consecuencia nefasta de la individualidad entendida como un sentir narcisista y de la colectividad atomizada forzada por los voceros del régimen financista mundial. Creen que van a contracorriente pero en su mayoría son peces muertos.

Ciertamente, hoy en día ya sé como actuar si me llamaran raro de nuevo aunque estoy seguro que sólo la candidez de un niño serviría para que alguien utilizara esa palabra. Como dije, hoy te llaman antisistema. Desafortunadamente, significa que no encajo en mi mundo. Afortunadamente, significa que sigo vivo y consciente.

Sobretodo, consciente. Sólo consciente. Y quizás por eso soy raro. Más allá de si soy diferente o más especial que los demás (que es lo que todos parecemos pretender).

Soy un raro. No puedo soportar al ser humano en su estado actual, he de ser engañado. Los psiquiatras deben tener un término para eso, yo también lo tengo para los psiquiatras.

Charles Bukowski

De la falsa amistad

Si lo hicieron por amistad y dieron de todo corazón un mundo a cambio de nada, ahora que la nada han obtenido, ¿por qué se enfadan?

Era una de las posibilidades. Si no lo aceptan ni era puro ni era verdad. Si el resultado buscado era el favor mismo y no su devolución, ¿por qué se enfadan?

Entonces, dudar de ellos era ofensivo pero ahora que no les corresponden es cuando se ofenden. Si su intención era limpiamente desinteresada, ¿por qué se enfadan?

Ya no les desean el bien y es ahí cuando su dignidad se destruye y no antes pues su premio era compartirse, ¿cuál es la base de su frustración?

La frustración siempre es del tamaño de la expectativa. La expectativa es más peligrosa que la esperanza. La esperanza es siempre del tamaño de la amistad que ofrecemos y nuestro amor es del tamaño de la perseverancia en la buena voluntad. Si su voluntad de dar se mantuviera incólume aún en la frustración ¿no sería infundada su desesperación?

Al que le sobra benevolencia nunca le falta recompensa cuando reparte su querencia. El que recibe sin agradecer es el verdadero pobre de solemnidad pero el que da con expectativas de recibir de vuelta no es un amigo sino un mercader, ¿quién era amigo de quién?

Es en la amistad donde se descubren más máscaras que tras el final del Carnaval.