Amor sin gluten

Antes (y no hace tanto) no había celíacos (o por lo menos era muy extraño y no se sabía). El gluten (una proteína) se convirtió de la noche a la mañana en un veneno y, sin dejar de ser curioso, lo que para unos es un veneno para otros (los sanos) es esencial para una correcta nutrición.

Cuando desde los altavoces públicos se fomenta el narcisismo ególatra que caracteriza a nuestra sociedad se ponen en marcha inusitadas consecuencias. En las relaciones de pareja significa que el antagonismo surge de modo persistente una vez desaparecido el enamoramiento. Pronto no se soporta al otro y todo el mundo acaba buscando la soledad. De hecho conozco alguna pareja que se basa en la necesidad de tener espacios de soledad que antaño se llenaban de sus compañías. Algo que debe contribuir a que los divorcios y la promiscuidad sean tan comunes hoy en día.

Es en la sociedad narcisista de la soledad donde todos acabamos empalagados de la compañía de otros seres humanos excepto si se produce la comunicación a través de la red; en los brillantes escaparates de las redes sociales, donde podemos expresar nuestra mismidad única. Allí donde se mantenga a salvo cierta intimidad que no queremos hacer visible.

Parece que empieza a importunarnos la presencia física de los demás, y aún más, nos cansa abrumadoramente el esfuerzo de tratar con los otros de un modo profundo. Quizás por eso, cada vez más estamos celosos de escondernos tras los muros de la soledad. Una soledad SELECTIVA de la que podemos escapar a voluntad para (la mayoría de las veces) volver a retrotraernos cuando estamos exhaustos de tanta compañía.

No en vano, cada vez se ven relaciones amorosas ad hoc según el interés en sus variables posibilidades: la disponibilidad de tiempo y espacio, el momento vital en el que se encuentran los contrayentes, las modas sexuales imperantes, etc… En la que más que compartirse, los amantes se reúnen con el fin de llenar los espacios de fruición de la soledad selectiva con los cuales pretenden que la locura del aislamiento no les alcance.

Esto a su vez es un síntoma del fracaso de las viejas usanzas de las relaciones amorosas. En la sociedad de Narcisos que habitamos, una vez desaparecido el enamoramiento, el antagonismo egóico surge con facilidad y ante el juego de poder que se produce a continuación sólo queda la explotación-sumisión o la ruptura no sin producirse un camino tortuoso.

Están los celíacos del gluten y están los celíacos del amor. Esos que no soportan la entrega propia, la comprensión de las debilidades, el entusiasmo por CONSTRUIR una relación más allá de ellos mismos; con las evidentes dificultades que ello implica de pensar a largo plazo y de solucionar problemas a medio/corto plazo que implican la lealtad, el perdón, la edificación de la confianza, la necesidad de justicia, el respeto mutuo y más aspectos que humanizaron las relaciones profundas a lo largo de la Historia del amor romántico y que hoy, en esta guerra espiritual que vivimos, se están diluyendo bajo el paraguas del interés inmediato.

Y es que pocas cosas han hecho tanto daño a la sociedad como la actitud y el pensamiento cortoplacista que rigen las vidas de una mayoría que tiene la actitud del cliente (un intercambio en el que debemos ser plenamente satisfechos) en todos los aspectos, tanto materiales como intangibles. Y que como un veneno, intoxican las vidas de ellos mismos y de los que los rodean.

Hay quien da y quien solo puede ingerir el amor sin gluten. Amor que no nutre y del que no se pueden nutrir, Tan solo consumir. Y que sale muy muy caro; hasta arruinar la vida, el bolsillo y el corazón. Amor al que le falta lo más esencial: la entrega de nosotros mismos sin ambages y ante el fracaso, un saludable fin en el que el perdedor no lo pierda todo.

De mis variados fracasos amorosos he aprendido que las relaciones de pareja nunca fueron sencillas y una buena convivencia es difícil de gestionar incluso en uniones de personas preocupadas por la felicidad intrínseca del otro. La clave del éxito es encontrar esa gente que sabe que la vida no es fácil, que todos tenemos nuestras zonas oscuras y que se esfuerzan desinteresadamente en llegar donde el otro no alcanza.

Poner intención en amar también es importante. De hecho, es el ingrediente básico, y cuando es recíproco, las probabilidades de que surja algo que podríamos llamar felicidad extática amorosa aumentan. Desde mi punto de vista este poner la intención en amar es el motor de la etapa del enamoramiento y la causa de que sea la época más feliz por antonomasia en una pareja. Por tanto, el esfuerzo en su mantenimiento resulta crucial.

La reciprocidad, eso que es tan difícil de encontrar cuando es expresión en la bondad y tan fácil de encontrar cuando es expresión en la maldad, debería ser la única esperanza que albergar cuando empezamos una relación llenos de buenas intenciones.

Sin embargo, en la sociedad del Relativismo Moral desde todos los frentes se influye para fomentar el egoísmo y la apariencia, dando como resultado unos individuos pagados de si mismos donde nada perdura; mañana debe y puede ser diferente de hoy en cualquier modo; la repetición aburre y el cambio es la norma; la necesidad del deseo colmado instantáneamente se convierte en frustración cuando nos habituamos a cualquier sensación y desaparece la excitación de la novedad; el deber se diluye y en su lugar aparece el poder. La frase “(no) me lo merezco” tan común hoy día ante una eventualidad desgraciada resulta reveladora como complemento de aquél spot que decía “porque tú lo vales”.

Y en la sociedad de consumo hemos pasado a consumir cualquier aspecto de nuestras vidas. Desde los profundos a los superficiales, desde los mundanos a los divinos. Y lo que se consume sólo existe para nosotros antes de consumir y mientras es consumido. Después es tan sólo una experiencia (nuestra) en la que la experiencia del otro sólo es un accidente. Algo desechable y desechado. Listo para ser reemplazado por la nueva consumición en una espiral que lleva a la destrucción del otro y, lo que es aún más estúpido, a la propia.